Detrás de la tregua en Gaza

Las guerras tienen su propia lógica. Casi todas, menos las de Gaza. Allí, los conflictos bélicos no son más que una cadena continua de acciones a las que les siguen represalias, a las que –en escasas oportunidades–, les sigue una precaria tregua, un alto el fuego en el que todos los actores se reivindican triunfadores, porque las victorias se miden según el número de muertos causados al oponente. En ese sentido, los ocho días de ataques entre Israel y Hamas –que concluyeron el 20 de noviembre en otro alto el fuego– han sido otro trágico laboratorio de pruebas en el que los principales actores locales, regionales y globales han tratado desesperadamente de mejorar posiciones. Si el alto el fuego vuela en pedazos en días o semanas, como ha sucedido con todos los anteriores, se volverá de nuevo al punto cero. Si, a pesar de violaciones aisladas se respeta y se avanza hacia un acuerdo estable, Hamas podría salir de las listas estadounidense y europea de grupos terroristas y convertirse en el nuevo representante del pueblo palestino en detrimento de la Autoridad Nacional Palestina que gobierna Cisjordania bajo el liderazgo de Mahmud Abbas.
En el intercambio de bombas y misiles murieron más de 164 palestinos y, al menos, seis israelíes. Israel dice haber destruido unos 1.500 objetivos palestinos y Hamas declara haber lanzado contra territorio israelí otros tantos misiles, causando daños que el diario hebreo The Marker calcula en unos mil millones de dólares. El Estado hebreo reconoce que sólo 58 de esos misiles cayeron sobre zonas pobladas de Israel y que, gracias al sistema antimisiles recibido de los EE.UU., Iron Dome, destruyó en el aire 421 de los 479 cohetes palestinos más letales.
El resultado provisional de esta guerra inconclusa es el reforzamiento de protagonismo del nuevo presidente egipcio Mohamed Mursi, la apertura de un diálogo estratégico embrionario de Washington y Tel Aviv con los Hermanos Musulmanes egipcios, un Hamas más fuerte porque posee misiles capaces de alcanzar Jerusalén y Tel Aviv, una Autoridad Palestina más débil en los territorios ocupados y una caída de seis puntos en las encuestas de la nueva formación creada por el premier Netanyahu y su ministro de Asuntos Exteriores, Avigdor Lieberman, para las elecciones anticipadas del 22 de enero, según indica un sondeo publicado este viernes por el diario Maariv.
La movilización diplomática para conjurar cuanto antes la asimétrica escalada bélica en Gaza ha puesto en evidencia la contradictoria posición de Benjamin Netanyahu, quien tras apostar por el republicano Mitt Romney en las presidenciales estadounidenses desnudó su debilidad frente a Obama, al permitirle evitar otra sangrienta ofensiva terrestre.
La secretaria de Estado, Hillary Clinton, llegó casí sin aliento a El Cairo para serenar a Netanyahu, quien al borde del pánico estaba dispuesto a aceptar todas las condiciones de los palestinos. A diferencia de lo ocurrido durante la operación Plomo Fundido, registrada entre diciembre y enero de 2008-2009, cuando Israel durante 22 días se negó a detener su política de tierra arrasada por aire, mar y tierra, esta vez fue Israel la que pidió a Egipto y a sus aliados occidentales que presionasen para que Hamas aceptara una tregua y fue Hamas quien impuso las condiciones que fueron finalmente suscriptas por Israel casí al pie de la letra. Para que Israel y Estados Unidos hayan aceptado la principal condición palestina firmando –en el documento de la tregua– la apertura de todos los pasos fronterizos con Gaza, no sólo el de Rafah en la frontera con Egitpto sino los que comunican la franja de Gaza con el propio Israel, las cosas en el interior de Israel debían ir muy mal, por mucho que la censura militar israelí lo haya ocultado a su propia población y al mundo.
Lo cierto es que los cohetes palestinos que cayeron sobre Tel Aviv y Jerusalen pusieron en peligro el futuro electoral de Netanyahu.
Ahora, con tal de aislar y debilitar a la Autoridad Palestina, con la que no ha contado para nada desde hace años, Netanyahu parece dispuesto –respondiendo a una revisión profunda de sus servicios de inteligencia a los cambios en Túnez, Libia, Egipto, Jordania y Siria– a ayudar a Hamas. La condición es que Hamas acepte reconocer a Israel, dejar de disparar y negociar. Por lo pronto, Hamas ya rompió sus lazos con Siria e Irán y estableció fuertes nexos con el Emirato de Qatar, donde ahora residen sus máximos dirigentes.
Al negociar con Hamas a espaldas de la Autoridad Nacional Palestina –que gobierna en Cisjordania–, el premier israelí Benjamin Netanyahu y Barack Obama pretenden neutralizar la inminente incorporación de Palestina como Estado observador –equiparable al Vaticano– a la Asamblea General de la ONU.
Los palestinos tienen asegurada una mayoría más que suficiente en la Asamblea, pero la “operación nuevo estatus” servirá de poco a la Autoridad Palestina si Hamas e Israel negocian a sus espaldas, con ayuda de Washington.
Basta repasar la historia para comprender que la organización islámica a la que Tel Aviv hoy pinta como un Frankenstein del Medio Oriente fue –en su momento–, una creación del Mossad israelí para debilitar a la laica OLP de Yasser Arafat.
Zeev Sternell, historiador de la Universidad Hebrea de Jerusalén, que recibió el Premio Israel para la Ciencias Políticas en 2008, afirmó: “Israel considera que (la creación de Hamás) es una inteligente estratagema para poner a los islamistas en contra de la Organización para la Liberación de Palestina (OLP)”.
La primera ministra Golda Meir vio el auge del islamismo como una oportunidad para contrarrestar el aumento del movimiento Fatah de Arafat. En octubre de 1987, el semanario israelí Koteret Rashit decía: “Las asociaciones islámicas, así como la universidad, han sido apoyadas y alentadas por la autoridad militar israelí”. A los islamistas Israel les permitió reforzar su presencia en los territorios ocupados. Mientras tanto, los miembros de Al Fatah (Movimiento para la Liberación Nacional de Palestina) y la izquierda palestina fueron sometidos a una brutal represión.
Cuando la Intifada comenzó, en octubre de 1987, el jeque Yassin respondió mediante la creación de Hamas (el Movimiento de Resistencia Islámico). Israel bendijo esa creación porque suponía un golpe a Arafat. Después, en 1993, Hamas se opuso a los acuerdos de Oslo. Israel lo apoyó porque le interesaba torpedear esos acuerdos.
El trato que Israel dispensaba a Ahmed Yassin fue siempre “exquisito”. Era el peón que utilizaban como ariete contra Arafat. Cuando Hamas se le fue de las manos a Israel y ésta vio que Hamas acabaría controlando Gaza y Cisjordania, Yassin fue asesinado por Israel en 2004 en una de sus denominadas “operaciones selectivas” mientras lo sacaban en su silla de ruedas de una sesión de oración de madrugada. Fue alcanzado por misiles disparados por helicópteros de ataque.

MIRADAS AL SUR

Año 5. Edición número 236. Domingo 25 de noviembre de 2012
Por

Walter Goobar

Comments

comments

You may also like...

Comments are closed.