La contaminación forma parte de la exclusión social y el desempleo

Uno de los temas que parece dominar los titulares de los medios y hacerse presente en alguno que otro debate social es el del impacto que podrían tener los proyectos de minería a cielo abierto en algunas localidades de la sierra andina. Titulares y debates que superan en estridencia los efectos que están ocasionando desde hace décadas los agroquímicos, probadas fuentes de envenenamiento de la salud humana, allí donde, en lugar de la minería –como sucede en la región central del país y en las provincias pampeanas- son las grandes empresas del agro (el “campo” que le dicen) las responsables de dichos impactos, así como de apropiarse de buena parte de la renta nacional. De cualquier modo, en uno o entro caso, lo que está pendiente es un debate nacional, serio y fundamentado, que nos permita mejorar las alternativas existentes para un desarrollo nacional y social.

por Octavio Getino

Durante tres o cuatro años de mi exilio en México, tras haber vivido de cerca algunas experiencias en el desarrollo rural de la región andina, me tocó estar al frente de la información ambiental en América Latina y el Caribe –se trataba de la Oficina Regional del Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA-ORLAC)- y allí también experimenté de cerca los principales problemas que sacudían a la región en dicho campo. Recuerdo por ejemplo, que en uno de los debates realizados en una Bienal Europea del Film sobre Medio Ambiente (Dortmund, RFA, 1985), observé, tal vez con algo de ingenuidad, las violentas diatribas con que los jóvenes ambientalistas alemanes y europeos se lanzaban contra las chimeneas contaminantes, adjudicándoles la mayor parte de los daños que experimentaba la población de ese continente –y también del mundo- como producto del desarrollo industrial y de su manejo salvaje por parte de las grandes corporaciones locales e internacionales.

Me tocó intervenir en ese debate y para sorpresa de muchos, simplemente valoré el esfuerzo que ellos estaban realizando frente al uso desmesurado de las chimeneas, pero que, por favor, tuviesen en cuenta, al menos para nuestro caso – los países latinoamericanos- que la contaminación mayor en el medio ambiente no provenía de la abundancia de aquellas –signo de desarrollo económico e industrial- sino de su carencia. Y agregué, que en el caso argentino, por ejemplo, había sido en ese período de desindustrialización y caída de las chimeneas preexistentes, donde la exclusión social, la marginalidad y la negación violenta de los más elementales derechos, constituían el mayor y más negativo impacto ambiental, tanto o mayor al que podía proceder de los millares de chimeneas que se alzaban humeantes en buena parte del Viejo Continente. Y agregué: Por favor, déjennos levantar todas las chimeneas que necesitamos y podamos, y a partir de la experiencia europea y mundial, introducir en su manejo las reglas que sean necesarias para que sus efectos no sean del mismo calibre como los que ustedes están denunciando.

No hace falta mucho entendimiento para percibir que son los miles o millones de latinoamericanos a los que se les ha quitado el derecho al trabajo y a la autoestima, los que con su lamentable sobrevivencia en basurales, villas miserias, periferias urbanas, o empujados a la violencia, la delincuencia o la prostitución, expliciten un nivel superlativo de contaminación y deterioro social, y en consecuencia, ambiental, si entendemos al ser humano como sujeto y no como simple objeto para el desarrollo. ¿Hay algo que contamine más nuestras grandes ciudades que los miles de seres humanos –subhumanizados- que se amuchan en pestilentes y contaminantes reductos, cada vez más invasores –a manera de verdadero cianuro- sobre los espacios que algunas décadas atrás aparecían (casi) incontaminados?

También esa corta experiencia en la Oficina Regional del PNUMA, me permitió observar que algunas campañas ambientalistas, no todas, indudablemente, orientadas a la preservación de importantes recursos naturales –por ejemplo la Amazonía o el acuífero guaranítico- tenían su origen en proyectos estratégicos, en particular de las grandes corporaciones norteamericanas y sus instrumentos políticos y militares directos, destinados a preservar aquello que en algún momento podría ser de suma utilidad para su sobrevivencia como naciones imperiales. Preservar, insisto, para apropiarse de aquello que tarde o temprano seguramente puede ser considerado como propio (el Atlántico Sur y las Malvinas son un claro ejemplo).

A lo cual se sumaban los permanentes lobbies de fundaciones ambientalistas o conservacionistas, cuyo mayor interés era el de obtener de los organismos internacionales recursos económicos o financieros para sostener sus campañas, las que en muchos casos valoraban más la existencia de los chimpancés que la de los seres humanos.

Señalo estas observaciones sin que por ello niegue la enorme importancia que tiene la preservación del medio ambiente y las campañas que distintas organizaciones sociales llevan a cabo, de manera valiente y honesta, en una u otra localidad del país o del mundo. Pero parto de la base que todo lo que hace a la vida y a la existencia de seres humanos o recursos naturales es simplemente energía. Y que todo proyecto de desarrollo implica cambios y modificaciones a lo que son las características propias de esa energía. De lo que se trata es de aprovecharla en todo lo posible para el bienestar social y humano pienso, por ejemplo, en la gran minería –que ha servido para el desarrollo de las grandes naciones y también para la sobrevivencia, al menos de las algunas regiones periféricas- aprovecharla, decía, para reintegrar a la misma determinada energía con un valor equivalente –sea social o económico- que permita el mejoramiento de cada comunidad y de cada nación. Lo que no implica de ningún modo omitir los cambios que habrían de efectuarse en los recursos naturales y en la biodiversidad.

La minería es una actividad productiva necesaria, pues proporciona gran parte de las materias primas que todas las sociedades requieren. En su gran mayoría, los materiales que no son cultivados son producidos a partir de recursos extraídos de minas, por lo que son indispensables para el desarrollo de todas las actividades humanas. Pero al igual que todas las actividades humanas, la minería genera impactos sobre el ambiente y la sociedad. Por ello el aprovechamiento de los recursos naturales debe basarse en un tipo de racionalidad que va más allá de la racionalidad puramente económica de la empresa explotadora, y aún más allá de la racionalidad económica con perspectiva ambiental. Esa nueva racionalidad se basa en un modelo de economía ambientalmente sostenible y amigable y ese es el tema que debe ser debatido en favor del conjunto y no de un determinado grupo o sector.

Todo crecimiento implica tensiones y cambios -sin ellos no hay vida posible- y de lo que se trata es de exponer y debatir ideas y proyectos, con reglas claras, como ya se ha dicho, para que tales cambios redunden en beneficio –no sólo de las chimeneas o en el caso del agua en algunas explotaciones mineras- sino de la potenciación de la energía y los derechos sociales y humanos, parámetro de toda posibilidad de desarrollo integral.

El correo-e del autor es: octacine@yahoo.com.a

http://octaviogetinocine.blogspot.com/2012/02/la-contaminacion-ambiental-en-el-marco.html?spref=fb

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