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Los ejércitos secretos de la OTAN (X)

El estudio de las redes «stay behind» en Bélgica resulta esclarecedor en cuanto a varios aspectos de la organización del Gladio a nivel internacional. La OTAN creía tener derecho a hacer cualquier cosa en el país que alberga su sede y ordenó sangrientos atentados que dieron lugar a la creación de comisiones investigadoras en el parlamento belga. En vez de colaborar con los representantes de su propio pueblo, las autoridades militares de Bélgica prefirieron obedecer a una autoridad extranjera, pero varios miembros del Gladio confesaron y proporcionaron información capital.

Desde el comienzo mismo de la Segunda Guerra Mundial, Bélgica se vio derrotada y ocupada por las tropas alemanas. El gobierno belga tuvo que refugiarse en Londres, donde se mantuvo exilado hasta que los aliados liberaron Europa. Durante aquel difícil periodo, los altos responsables del gobierno y del ejército belgas colaboraron estrechamente con los británicos en la creación de movimientos clandestinos de resistencia que debían operar dentro del territorio ocupado de Bélgica.

A partir del verano de 1942, el SOE (Special Operations Executive) británico comenzó a preparar depósitos de municiones y a entrenar un ejército secreto. Los ingleses proporcionaban equipos de radio y medios para transportar hombres y material y supervisaban desde Londres las cuestiones logísticas así como la formación de los agentes enviados clandestinamente tras las líneas enemigas y la información que proporcionaban.
Además de las operaciones de sabotaje contra el ocupante alemán, el ejército secreto belga se dedicaba también a recoger información que los agentes transmitían posteriormente a Londres por radio, a través de correos o en forma de microfilms.

Si bien el impacto de aquella red de resistencia fue en definitiva marginal, la estrategia utilizada fue verdaderamente ejemplar en ese tipo de actividad: «Tendientes a precipitar el final del conflicto, las actividades de aquella primera red stay-behind estaban perfectamente organizadas y suscitaban la admiración de los servicios secretos americanos y británicos.»

Los ejércitos secretos se reconstituyeron después de la guerra, pero poniendo el comunismo soviético en el lugar que antes ocupaba el enemigo nazi. La investigación oficial demostró que la red stay-behind activa en Bélgica durante la guerra fría se componía de 2 ramas: el SDRA 8 y la STC/Mob. El SDRA 8 era la rama militar, bajo el control del SGR, el Service Général du Renseignement [En español, Servicio General de Inteligencia. NdT.] del ejército belga, que dependía a su vez del ministerio de Defensa. Su nombre, escrito a veces en su variante SDRA VIII, significa «Service de Documentation, de Renseignement et d’Action VIII» [En español, Servicio de Documentación, Inteligencia y Acción VIII. NdT.].

Se componía de militares entrenados en acciones de combate, sabotaje, paracaidismo y la realización de acciones marítimas. Además de sus funciones de inteligencia, el SDRA 8 también debía ser capaz de concebir itinerarios de evacuación si Bélgica era invadida. En caso de ocupación de todo el territorio de Bélgica, se suponía que agentes de este servicio sirvieran de escolta al gobierno durante el periodo de exilio y que mantuvieran el contacto con los agentes secretos que se quedarían en el país para combatir el enemigo desde adentro.

La rama civil de la red stay-behind belga, la STC/Mob, dependía de la Sûreté de l’État (Seguridad del Estado), o Sûreté (Seguridad), que a su vez estaba vinculada al ministerio de Justicia. STC/Mob quiere decir «Section Training, Communication and Mobilisation». Sus miembros eran técnicos entrenados en el uso de equipos de radio. Eran reclutados principalmente en el seno de grupos «con fuertes convicciones religiosas que debían garantizar su anticomunismo». Según el informe de la investigación sobre el Gladio belga, eran «padres tranquilos, a veces un poco ingenuos».

La STC/Mob «tenía como misión recoger información susceptible de ser útil al gobierno en el contexto de una ocupación enemiga. La sección tenía también como tarea organizar itinerarios seguros para la evacuación de los miembros del gobierno y de otras personalidades que ocuparan funciones oficiales».
En 1971 se creó también un comité «Interservicios» para coordinar la acción de las dos redes stay-behind belgas. Aquel comité se reunía cada 6 meses y el SDRA y la Sûreté se alternaban en la presidencia. Las reuniones se hacían para establecer la posición común que defenderían en las sesiones del Allied Clandestine Committee, que era el centro de decisión de la OTAN para las operaciones de la guerra secreta.

Para explicar esta doble estructura bastante inusual que el ejército secreto belga había adoptado es necesario remontarse a la época de la Segunda Guerra Mundial. Las unidades a cargo de la búsqueda de la información que posteriormente enviaban a Londres por radio, correo o microfilms se hallaban en aquel entonces bajo el control del señor Lepage, director de la Sûreté, que a su vez dependía del ministerio de Justicia.

Esa rama dio origen a la STC/Mob. Mientras tanto, los agentes belgas que Londres enviaba a los territorios ocupados, saltando en paracaídas, y que realizaban operaciones clandestinas de sabotaje dependían por su parte del ejército belga. Fueron estos últimos quienes conformaron el SDRA 8. «Se desprende de esas explicaciones», concluía el informe de la investigación parlamentaria, «que, al contrario de otros países, Bélgica dispuso desde el principio de una organización stay-behind a la vez civil y militar».
Los miembros del ejército secreto belga eran «en su mayoría monárquicos convencidos», precisa un informe antiguamente confidencial del SOE, «es por eso que no había miembros comunistas de la resistencia en sus filas».

Después del desembarco y la posterior liberación de Bélgica, estadounidenses y británicos se inquietaron ante la influencia de los comunistas belgas. Al igual que en Italia y Francia, existía en la población belga un gran respeto por los comunistas debido a su coraje y al papel crucial que habían desempeñado en la lucha contra la ocupación nazi. Es por ello que, a fines de 1944, las autoridades británicas y belgas se apresuraron a desarmar a la Resistencia y a rearmar a la policía.
«Inmediatamente después de la guerra, un poderoso partido comunista se impuso con, según creo, 21 escaños en el parlamento, por primera vez en la historia de Bélgica», señaló el historiador Etienne Verhoyen en un documental de la BBC dedicado al Gladio. «Nunca antes había sucedido aquello y, teniendo en cuenta la expansión internacional del comunismo, la gente de derecha se alarmó ante aquella “amenaza comunista” que planeaba sobre Bélgica».

El carismático jefe del partido comunista belga era Julien Lahaut. Arrestado por los alemanes, había pasado toda la guerra en prisión y, al ser liberado en 1945, había sido nombrado presidente honorario de los comunistas belgas. Lahaut se oponía abiertamente al regreso del rey (Leopoldo III) por considerarlo una marioneta de la centroderecha y de Estados Unidos.
«La izquierda se oponía firmemente al regreso del rey, los simpatizantes de la derecha eran –por supuesto– favorables a este, algunos de ellos establecieron los primeros contactos con la embajada americana en 1948», explicaba el historiador Verhoyen en el mismo documental. La derecha belga se puso en contacto con un oficial estadounidense llamado Parker, que probablemente trabajaba para la CIA. Según Verhoyen, Parker «quería no sólo la campaña de restauración leopoldista sino también que se crearan grupos stay-behind destinados a garantizar la resistencia anticomunista».

Cuando el futuro rey Balduino prestó juramento ante el parlamento belga en agosto de 1950, Lahaut protestó al grito de «¡Viva la República!» Para la derecha belga aquello era un acto imperdonable y significaba que los comunistas representaban una grave amenaza para las instituciones.
Un clima de tensión se apoderó del país. Dos semanas después del incidente, el 18 de agosto de 1950, dos hombres asesinaron a Lahaut delante de su domicilio. El asesinato de Lahaut causó una profunda conmoción en la población belga. La extrema derecha y su red clandestina acaban de deshacerse del más popular de los comunistas belgas.

La responsabilidad del ejército secreto belga en el asesinato de Julien Lahaut está por demostrar. En todo caso, es casi seguro que la organización ya se hallaba en estado operativo en el momento de los hechos. En carta dirigida al primer ministro Paul-Henri Spaak y fechada el 27 de enero de 1949, el jefe del MI6 Stewart Menzies insistía en la necesidad de proseguir la cooperación anglo-belga que había comenzado durante la Segunda Guerra Mundial.
«Estamos de acuerdo en que esta colaboración entre nuestros respectivos servicios debería continuar en base a tradiciones que se remontan a la Primera Guerra Mundial y que han sido reafirmadas por el señor H. Pierlot [Primer ministro belga de 1939 a 1945], el señor A. Van Acker [Primer ministro belga en 1945-1946 y predecesor de Spaak] y por mí mismo.»

Subrayaba Menzies que «la creación de organizaciones de inteligencia y acciones útiles en caso de guerra», entiéndase el funcionamiento de Gladio, tenía que continuar. «Los pedidos en materia de entrenamiento y equipamiento deben formularse pronto», explicaba Menzies, quien hacía también su ofrecimiento de asistencia: «Ya he ordenado la construcción de varias instalaciones destinadas al entrenamiento de los oficiales y personas recomendadas por la dirección los servicios secretos de ustedes y pronto tendré la posibilidad de proporcionar a ustedes el nuevo equipamiento que se está produciendo actualmente».

El jefe del MI6 pedía a Spaak que no divulgara el contenido de la carta, pero insistía sobre todo en que el primer ministro belga no decidiera colaborar únicamente con la CIA y sugería: «que algunos oficiales vengan al Reino Unido en los próximos meses para estudiar, en colaboración con [sus] servicios, los aspectos concretos de estas cuestiones».

El primer ministro belga respondió al jefe del MI6 que le alegraba recibir la ayuda de los británicos e indicaba al mismo tiempo que los estadounidenses también se habían acercado a las autoridades belgas en relación con aquel tema y que a él le parecía por lo tanto preferible que Washington y Londres arreglaran primero la cuestión entre sí para que Bélgica no se viera en la delicada situación de tener que escoger entre los dos aliados.
«Estoy muy de acuerdo en que una colaboración entre los tres servicios (británicos, americanos y belgas) sería extremadamente provechosa.» Spaak agregaba: «Si uno de los dos servicios, americano y británico, rechazara esa colaboración, los servicios belgas se verían en una situación extremadamente delicada y difícil. Me parece por ello que se imponen negociaciones al más alto nivel entre Londres y Washington para resolver la cuestión.»

Como resultado de aquellas «negociaciones al más alto nivel», los servicios secretos estadounidenses, británicos y belgas crearon un órgano llamado «Tripartite Meeting Brussels» (TMB), también conocido a veces como «Tripartite Meeting Belgian», encargado de supervisar la creación de la red stay-behind belga. En recompensa a su lealtad, Spaak fue nombrado en 1957 secretario general de la OTAN, el más acto cargo civil en el seno de la alianza militar, puesto que ocupó hasta 1961.

Falleció 11 años después, así que no pudo comparecer en el marco de la investigación oficial sobre el Gladio belga. «Varios documentos demuestran que los responsables políticos de la época estaban conscientes de la gravedad de la situación y que aprobaban la idea de negociaciones con vistas a establecer una estrecha colaboración con los servicios secretos americanos y británicos», resumió el informe de los senadores belgas. «Aquella cooperación incluso se consolidó con la creación del Tripartite Meeting Belgian/Brussels a finales de los años 1940.»
Aunque aún se ignoran hoy en día la mayor parte de los detalles sobre los órganos de mando de la guerra secreta, sí se sabe que, paralelamente al TMB, fueron creados otros centros, bajo las siglas CCUO, CPC, ACC y SDRA 11. Las pruebas actualmente disponibles sobre Gladio sugieren que, inmediatamente después de la guerra, se apostó por las estructuras trilaterales ya que el Reino Unido y Estados Unidos habían formalizado al mismo tiempo su cooperación secreta con el Gladio holandés mediante la creación de un Tripartite Committee Holland (TCH), que se componía de los representantes de los tres países implicados.

Un acuerdo similar se concluyó al parecer entre Gran Bretaña y Francia, que firmaron un pacto de colaboración secreta stay-behind el 4 de mayo de 1947 [16]. El 17 de marzo de 1948 se fundó el Western Union Clandestine Committee (WUCC), o sea el Comité Clandestino de la Unión Occidental o CCUO.
Encargado de anticipar en tiempo de paz una posible invasión soviética, el Comité era un centro de coordinación de la red clandestina Gladio en el que estaban representados 5 países: el Reino Unido, Bélgica, los Países Bajos, Luxemburgo y Francia.
«Otros países habían adoptado la misma estrategia; conformaban una unidad independiente del TMB y trataban de desarrollar una política común para enmarcar los preparativos de una posible futura guerra», observaron los senadores belgas, señalando también que Estados Unidos no parece haberse unido al CCUO hasta 1958.

El autor Jan Willems ha investigado sobre el Gladio belga. Según Willems, la creación del CCUO en la primavera de 1948 era consecuencia directa de un discurso que el ministro británico de Relaciones Exteriores Ernest Bevin había pronunciado en Londres el 22 de enero de 1948.
Aquel día, Bevin expuso ante el parlamento británico su plan para la creación de una «Unión Occidental», una organización occidental destinada a contrarrestar lo que él llamaba la amenaza soviética en Europa, representada según él por el Ejército Rojo de un lado así como, y principalmente, por la subversión comunista en Europa Occidental.
Bevin y Washington estaban de acuerdo en que, como revela un memorando estadounidense fechado el 8 de marzo de 1948, «actualmente, el problema para nosotros no es tanto prepararnos para una agresión externa sino estar listos para luchar dentro de nuestras fronteras contra una quinta columna respaldada por una potencia extranjera».

El CCUO, también designado a veces como WUCC o CCWU, estaba a cargo de dos misiones de seguridad: garantizar que las discusiones políticas y militares pudieran desarrollarse de manera totalmente confidencial y desarrollar formas de cooperación para luchar contra la subversión y los intentos de infiltración. «La finalidad era desarrollar mecanismos que permitieran eliminar a los candidatos comunistas de las instituciones del poder; según algunos documentos americanos, ese objetivo fue alcanzado.»

Después de la creación de la OTAN en París en 1949, el CCUO, como pudo saberse gracias a la investigación del Senado belga, fue incorporado a la alianza militar y rebautizado como «Clandestine Planning Committee» (CPC).
«En conclusión, la lucha contra el enemigo interno siempre fue parte integrante del pacto de la OTAN desde su firma en 1949», subraya Willems.
Como las operaciones de guerra secreta que realizaba la OTAN se hacían más intensivas, un segundo centro de mando fue creado en el seno de la alianza, el Allied Clandestine Committee (ACC) que se reunió por vez primera en Francia el 29 y el 30 de abril de 1958, bajo la presidencia de Francia.

Cuando el general De Gaulle obligó a la OTAN a salir de Francia, el ACC se trasladó a Bélgica, en 1968, y, con el nombre oficial de SDRA 11, instaló su cuartel general en los locales del SGR –los servicios secretos militares belgas– en Evere, justo al lado de los edificios de la OTAN.
El SDRA 11, que servía de cobertura al ACC, era «financiado por la OTAN», se precisa en el informe de la investigación belga, mientras que el SDRA 8, la rama del Gladio belga a cargo de las operaciones especiales, dependía del ministerio de Defensa de Bélgica. La última reunión conocida del ACC tuvo lugar en Bruselas el 23 y el 24 de octubre de 1990, bajo la presidencia del director del SGR, el general Raymond Van Calster, el mismo que tanto se enfureció cuando varios periodistas lo interrogaron sobre el centro secreto.

Michel Van Ussel, quien había sido miembro del Gladio belga en los años 1980 bajo el nombre de Georges 923, explicó en un libro publicado en 1991 que el ACC desempeñaba un papel de coordinación. «Las actividades que exigían cierta coordinación se discutían en el seno del ACC. Se trataba sobre todo del uso de los sistemas de radio, de las zonas para le lanzamiento en paracaídas de agentes en el terreno, de los códigos que tenían que utilizar para entrar en contacto entre sí, del paso de fronteras, etc.»
También detallaba Van Ussel la manera como los servicios secretos militares utilizaban el ACC para intercambiar ideas y debatir sobre las operaciones clandestinas: «En materia de búsqueda de información, misiones de fuga y exfiltración y operaciones aéreas y marítimas, cada país miembro del ACC seguía los mismos procedimientos que ya se habían discutido con anterioridad y que se habían acordado por todos los participantes.
Sin embargo, cada país podía realizar otras “actividades” que no se mencionaban en las reuniones o [que se mencionaban] únicamente de forma restringida entre los instructores.»

Le costó mucho trabajo al Senado belga saber la verdad sobre los centros secretos de la OTAN. Durante una audiencia, el general Raymond Van Calster engañó deliberadamente a los senadores al no mencionar que dentro del aparato belga de inteligencia militar existía el SDRA 11, la vitrina oficial del ACC.
Además, algunos oficiales del ejército simplemente se negaron prestar declaración ante los parlamentarios pretextando para ello el haber prestado el siguiente juramento: «Juro solemnemente no divulgar jamás esta información fuera de todo entorno protegido o en presencia de cualquier otra persona no autorizada, ni siquiera después de haber abandonado mis funciones al servicio de mi país, a no ser que haya sido liberado de esta obligación a través de una orden oficial, específica, expresa y categórica.»
Ofendidos, los senadores señalaron en su informe que su investigación sobre la guerra secreta de la OTAN había sido «gravemente obstaculizada por la obstrucción del personal militar implicado que se refugió tras sus obligaciones de [mantener el] secreto [obligaciones contraídas] con la OTAN, las que se aplicaban igualmente a las actividades por ellos efectuadas en el marco del CPC».

La senadora Cecile Harnie, del partido verde de Bélgica, deploró posteriormente que la comisión investigadora belga, de la que ella misma había formado parte, no hubiese logrado la verdad sobre las matanzas perpetradas en la región de Brabante y que tampoco lograra determinar claramente la participación de la OTAN. Señaló la senadora, muy justificadamente, que los testigos se escudaban invariablemente tras su obligación de secreto contraída con la OTAN para negarse a responder a las preguntas sobre las conexiones existentes entre las dos secretarías internacionales de las redes Gladio, el ACC y el CPC, y el cuartel general de la OTAN en Europa, el SHAPE.

Después de la disolución de la comisión senatorial, en octubre de 1991, la senadora Cecile Harnie llamó por lo tanto a la apertura de una investigación más profunda sobre el papel exacto que había desempeñado la OTAN. Al encontrarse los principales órganos de mando de la OTAN precisamente en Bruselas, Mons y Casteau, Bélgica parecía ser el terreno más propicio para la realización de una profunda investigación sobre los ejércitos secretos. A pesar de esta ventajosa posición, la solicitud de la senadora fue rechazada.

Durante el transcurso de la investigación, los parlamentarios belgas descubrieron con asombro hasta qué punto se hallaba el ejército secreto –SDRA 8– cuidadosamente escondido en el seno mismo de los servicios secretos del ejército de su país (el SGR). En el momento del descubrimiento de la existencia de la red clandestina, el aparato belga de inteligencia militar se dividía en 5 departamentos. Uno de ellos era el SDRA 8, que empleaba a cerca de la mitad de las 300 personas que trabajaban para el SGR.

El SDRA había sido creado a principios de los años 1950 por el coronel Charlier, un antiguo miembro del SAS, las fuerzas especiales británicas, quien ostentaba en el momento del escándalo el grado de teniente coronel y ocupaba el cargo de jefe de Estado Mayor del ejército belga. El propio SDRA se componía de 8 unidades entre las que se encontraba, junto a la red stay-behind altamente secreta designada como SDRA 8, la gendarmería belga, bajo la clave SDRA 6.

Los senadores supieron mucho más tarde que en la mayoría de los países la organización paramilitar clandestina estaba escondida en el seno mismo de los servicios secretos militares, como las conocidas «muñecas rusas», que vienen una dentro de otra, lo cual hacía imposible que el parlamento pudiera ejercer su función constitucional supervisando, controlando y de ser necesario investigando lo que hacían los servicios secretos.
Como todas las demás redes stay-behind creadas en Europa, el SDRA 8 se componía de instructores y de agentes entrenados por dichos instructores.
La red contó al parecer hasta 10 instructores mientras que «el número total de agentes se elevaba a 40. Como regla general, los instructores contactaban a sus agentes 2 veces al mes».

Los consejeros de la comisión senatorial estimaron que un total de efectivos de 50 miembros estaba verdaderamente muy por debajo de la realidad. Pero se había destruido una gran cantidad de documentos, lo cual impidió aclarar este punto. Al igual que las demás redes stay-behind, el SDRA 8 y la STC/Mob civil estaban organizadas en células.
En caso de ocupación, los instructores tenían que salir del país mientras que sus agentes debían mantenerse en territorio enemigo para formar sus propias redes: «Los agentes estaban entrenados de manera que pudieran a su vez reclutar a otros en caso de ocupación del país, con el fin de conformar una red que ellos iban a dirigir. La estrategia de reclutamiento obedecía a una estructura piramidal. De esa manera la red podía multiplicarse por 5.»

En el seno de la STC/Mob, cada instructor conocía la identidad de sus propios agentes, pero ignoraba la de los agentes que estaban bajo las órdenes de los demás instructores. Los agentes, por su parte, no se conocían entre sí.
Para garantizar el mayor grado de confidencialidad, las informaciones se comunicaban únicamente a las personas estrictamente vinculadas a ellas y el director de la Sûreté, que dependía a su vez del ministerio de Justicia, era el único que conocía los nombres de los instructores y de los agentes de la STC/Mob.
El señor Raes, quien ocupó ese cargo desde 1977 hasta 1990, afirmó ante la comisión senatorial que había «olvidado» los nombres de los agentes, aunque reconoció que había estudiado sus expedientes por razones de seguridad. El ministro de Justicia Wathelet declaró que la STC/Mob contaba 7 instructores en noviembre de 1990. «Cada instructor reclutaba, formaba y entrenaba un máximo de 10 agentes voluntarios», precisa el informe de la comisión, que confirma que la sección contaba 45 agentes a fines del año 1990. De ser exacta esa información, los efectivos de la rama STC/Mob del Gladio belga en noviembre de 1990 serían solamente 7 instructores y 45 agentes, con un total de 52 miembros.

Hoy conocemos las misiones del SDRA 8 y de la STC/Mob gracias a una carta dirigida, el 28 de septiembre de 1991, a los miembros del Gladio, carte que incluye las formas del primer ministro Van Houtte, del ministro de Justicia Moyersoen y del ministro de Defensa De Greef. Escribía el primer ministro:
«Debo precisar la naturaleza y el espíritu de la misión que el gobierno ha encomendado a ustedes. Consiste principalmente en coordinar las actividades de resistencia contra el enemigo en el territorio nacional ocupado.»
Y proseguía, algunas líneas después: «En tiempo de paz, la misión de ustedes consiste en
- 1) estudiar las condiciones en las que se pudiera desarrollar una resistencia contra el enemigo;
- 2) supervisar la coordinación de los planes generales concebidos con ese objetivo;
- 3) seleccionar a las personas (…) que se quedarán en Bélgica para seguir trabajando bajo las órdenes de ustedes en caso de ocupación enemiga (…);
- 4) mantenerse informados (…) de todas las sugerencias, disposiciones y decisiones tomadas a nivel nacional e internacional y relativas a las estrategias de defensa en territorio ocupado».

Algunos senadores se inquietaron por el hecho que la misión de la red stay-behind incluía reaccionar en función de las decisiones internacionales ya que aquello implicaba que la OTAN y potencias extranjeras, entre ellas Estados Unidos y el Reino Unido, habían podido ejercer cierta influencia sobre la organización belga. «Los jefes de los dos servicios [SDRA 8 y STC/Mob] tienen la obligación», se especificaba en la carta, «en todo lo que concierne a la preparación de la resistencia civil y la resistencia militar en territorio ocupado, de mantenerlos a ustedes informados sobre los planes que ellos elaboren, las actividades que emprendan, las consignas que transmitan a sus subordinados y de todas las directivas que ellos reciban de las autoridades nacionales e internacionales».

Se mencionaban después una serie de indicaciones sobre las misiones a realizar en tiempo de guerra. El SDRA 8 tenía que encargarse de:
- «a) la obtención de información para el ejército;
- «b) el contraespionaje;
- «c) las siguientes acciones: sabotaje contra objetivos militares, colaboración con elementos de las fuerzas aliadas [las fuerzas especiales], operaciones paramilitares, clandestinas y de guerrilla;
- «d) la organización de las redes de enlace y evacuación».

Por su parte, la STC/Mob tenía como misiones:
- «a) «la obtención de información sobre temas políticos, económicos y sociales;
- «b) el enlace entre el gobierno en el exilio y las redes de resistencia civil dentro del país;
- «c) la guerra sicológica y sobre todo las actividades de la prensa y la radio clandestinas;
- «d) la desinformación tendiente a proteger las actividades anteriormente mencionadas; «e) la organización de las vías de enlace y de evacuación necesarias para el éxito de las misiones anteriormente mencionadas».

Para ser capaz de operar independientemente de las fuerzas regulares, el ejército secreto belga, al igual que las redes stay-behind del continente, disponía de escondites secretos de armas repartidos a través de todo el país con fusiles, municiones, monedas de oro y explosivos. Además, como también sucedió en todos los países de la OTAN, a mediados de los años 1980 el ejército secreto belga fue equipado con no menos de 79 estaciones «Harpoon», que el gobierno compró por una suma total de 155 millones de francos belgas. Al comparecer ante los senadores, el señor Wathelet, ministro belga de justicia, dijo en su testimonio que la propia OTAN había sugerido que cada uno de los países miembros comprara aquel equipamiento. «Debido a los riesgos de mal funcionamiento o de rastreo que planteaban los sistemas viejos, en el seno del ACC se decidió desarrollar un nuevo modelo de radiotransmisor», explicó Wathelet. «El proyecto “Harpoon”, que a menudo se mencionaba en la Sûreté de l’État, fue confiado entonces a la firma alemana AEG Telefunken», como resultado de una decisión del ACC, el centro de mando del Gladio.

Los potentes radiotransmisores Harpoon, que transmitían en onda corta y altas frecuencias, permitían la comunicación a 6 000 kilómetros de distancia sin necesidad de recurrir al uso de satélites sino gracias al rebote de las ondas en la ionosfera. Sistemas de codificación muy sofisticados permitían la transmisión de mensajes prácticamente imposibles de descodificar. Michel Van Ussel, quien fue agente de la STC/Mob en los años 1980, recuerda que «aquellas pequeñas maravillas tecnológicas» constituían «una verdadera proeza técnica. Sin exagerar, Harpoon es el sistema militar de enlace radial del año 2000. Cuando se puso en servicio, no había en el mundo nada equivalente». Los transmisores portátiles Harpoon sólo pesaban 8 kilogramos, incluyendo las baterías, y se presentaban «en un elegante maletín protegido con un combinación cifrada». Eran capaces de recibir y descodificar y también de codificar y enviar mensajes a gran velocidad sin la menor intervención humana. Por primera vez en décadas, los agentes yo no tenían que recurrir a la clave morse y ni siquiera tenían que estar presentes en el lugar en el momento de transmitir la información.

La comisión investigadora [belga] comprobó que el entrenamiento de los agentes de la STC/Mob se desarrollaba en Bélgica y que estos seguían a veces «cursos en el extranjero». La red stay-behind se basaba en gran parte en los contactos internacionales y sus agentes se veían obligados a llevar una doble vida. «En mi caso, [mi instructor y yo] nos reuníamos más o menos una vez al mes. La formación se desarrollaba en mi casa, generalmente el viernes en la noche, después de acostar a los niños», contó Michel Van Ussel. Precisó además que «algunos agentes no se atrevían a recibir a su instructor en su domicilio porque sus esposas nada sabían sobre su doble vida». En el marco de las maniobras internacionales stay-behind, los agentes de la STC/Mob debían, por ejemplo, establecer un contacto radial secreto con el Gladio de Francia.

Van Ussel cuenta en su libro el día de su reclutamiento: «Un día, un hombre vino a mi casa para preguntarme si yo aceptaría una misión confidencial. Me dijo que era en el marco de la OTAN. Como era posible que yo rechazara la oferta, él no entró en detalles. Era mejor no hablar demasiado porque se trataba de una de las organizaciones más secretas que hayan existido nunca.» Van Ussel aceptó finalmente convertirse en un soldado de la sombra. «Teníamos un radio a nuestra disposición. Nuestra base estaba cerca de Londres y había otra en los alrededores de Boston, en Estados Unidos.» «En realidad, acepté sobre todo por curiosidad», analiza este miembro del Gladio, «[por] entrar en aquel mundo extraño, que uno se imagina poblado de siluetas con impermeable y barba falsa».

Según Van Ussel, la mayoría de los miembros del Gladio sentían principalmente curiosidad o eran aventureros. «Estábamos muy lejos», escribe Van Ussel en su libro, «de los grandes ideales como el honor, el sentido del deber o del patriotismo (…) que ha veces se han atribuido a los miembros y que en realidad les eran totalmente ajenos». Van Ussel consideró que la mejor manera que los combatientes belgas tenían de acabar con las teorías conspirativas era salir de la sombra y ofrecer su propia versión de la historia ya que «ya nada les impide ahora dar su testimonio».

El ex agente de la STC/Mob señaló que la CIA y el MI6 mantenían en secreto la identidad de los soldados de la sombra. «Como en las mejores novelas de espionaje, cada agente del Gladio recibía un nombre en clave y una matrícula. Estos se utilizaban sistemáticamente, sobre todo durante los ejercicios.» El propio Van Ussel había recibido el nombre «Georges 923», mientras que otros se hacían llamar «Charles», «Isabelle», «Pollux» e incluso «King Kong».

La verdadera identidad de los agentes sólo la conocían «dos o tres personas», explicó Van Ussels alias Georges 923. Entre esas personas se encontraban el oficial que había reclutado personalmente al miembro del Gladio así como el que se reunía con él periódicamente para transmitirle sus instrucciones. En sus respectivos cuarteles generales, la CIA y el MI6 conservaban un expediente sobre cada miembro de la red, «una especie de currículum vitae» donde figuraban el verdadero nombre del miembro del Gladio, su profesión, su dirección, su situación familiar, otros datos personales ¡y «su juego completo de huellas digitales!».

El fichero contenía además los códigos de las claves que utilizaba cada agente, las contraseñas de activación así como la localización exacta de los escondites de armas que tenía asignados. «El fichero mismo estaba en clave y se conservaba una copia en cada uno de los países donde se hallaban las bases de radio», o sea en el Reino Unido y en Estados Unidos. «El jefe del SDRA 8 iba allí periódicamente para actualizar los expedientes.». Van Ussel precisó además que «los americanos y los británicos eran interlocutores privilegiados en las comunicaciones radiales ya que las bases estaban (y aún están hoy en día) instaladas en sus territorios».

La mayor parte de los miembros del SDRA 8 se reclutaban entre los paracaidistas del ejército belga. El entrenamiento se desarrollaba en el campamento militar de Meerdaal y la formación en manejo de explosivos en el Polígono, en Brasschaat. Los agentes enrolados se vestían de uniforme durante el entrenamiento y los instructores belgas recibían su propia formación en Gran Bretaña o en Bélgica de instructores británicos que venían a impartirla. Para enmascarar la verdadera naturaleza de sus misiones en el seno del SGR, los servicios secretos militares belgas, los miembros del SDRA 8 fingían entrenarse en diferentes técnicas de guerra convencional. Se trataba principalmente de operaciones submarinas y de paracaidismo.
El SDRA 8 trabajaba en estrecha colaboración con el SDRA 6, la gendarmería belga. Según el testimonio del comandante en jefe de la gendarmería, hasta 1990 el helicóptero Puma que utilizaban sus servicios se había utilizado sistemáticamente para el entrenamiento del SDRA 8 en la realización de operaciones de lanzamiento en paracaídas en la más completa oscuridad.

Los propios agentes stay-behind sabían muy poco sobre la verdadera dimensión internacional del Gladio. Sólo sabían que formaban parte de una organización europea cuyas bases se hallaban en Washington y Londres.
Nada sabían de la estructura global de la organización. Al igual que sus homólogos de toda Europa, los combatientes clandestinos belgas eran «visceralmente anticomunistas», como se comprobó durante la investigación parlamentaria . Realizaban ejercicios conjuntos con oficiales estadounidenses y británicos y con miembros del Gladio de otros países.
Con el paso de los años, los agentes del SDRA 8 participaron en varias maniobras nacionales e internacionales, en Bélgica y en el extranjero. No sabemos en cuántos ejercicios en total participaron aquellos hombres ya que la comisión investigadora sólo recibió una «lista incompleta» de las informaciones que había solicitado, lo cual la llevó a suponer que «a menudo se destruían los documentos al término de las maniobras». Los senadores lograron confirmar, a pesar de lo anterior, que las maniobras tenían lugar «a razón de varias al años».

Como aquellos ejercicios tenían que desarrollarse en el mayor secreto, los agentes recibían documentos de identidad especiales que podían presentar a la policía de ser necesario. «Cada participante recibía una tarjeta de ejercicio que debía mostrar en caso de accidente, para demostrar que estaba participando en un entrenamiento oficial. En aquellas tarjetas figuraba el número de teléfono del SDRA al que había que llamar, y de donde se avisaría después al jefe del SDRA 8.» Aquellas misiones de entrenamiento consistían en simulacros de búsqueda de información, de paso de fronteras y de operaciones de evacuación. En uno de aquellos ejercicios los agentes del SDRA 8 debían simular la observación de navíos soviéticos que entraban y salían de los puertos belgas y transmitir la información a su cuartel general. Varias maniobras internacionales de ese tipo se organizaron durante toda la Guerra Fría.

También incluían operaciones submarinas en Córcega [Francia], operaciones que el SDRA 8 efectuaba conjuntamente con la red stay-behind francesa.
Aquellos ejercicios tuvieron lugar hasta 1990. En abril de ese año, el general Charlier, jefe del Estado Mayor, informó al ministro de Defensa Guy Coeme que acababa de ordenar que se pusiera fin a una serie de misiones que efectuaba el SDRA 8, «principalmente las operaciones submarinas y los ejercicios efectuados en Córcega». Para su gran sorpresa, los senadores se enteraron, sin embargo, de que las operaciones del SDRA 8 en el extranjero no se limitaban al Mediterráneo. Al igual que sus colegas portugueses, los miembros del ejército secreto belga estuvieron también muy activos en las colonias belgas de África.
«Un dirigente del SDRA 8 confirmó que los instructores paramilitares participaron en operaciones del ejército belga en Zaire en los años 1970 (en Kisangani y Kitona) y en Ruanda», precisa el informe de los parlamentarios. «Esas intervenciones constituyen una infracción flagrante de las reglas establecidas, según las cuales, por razones de confidencialidad, los instructores y agentes no debían tomar parte en ninguna actividad militar o social en tiempo de paz.»

En el transcurso de sus misiones internacionales de evasión y de evacuación en Europa, los agentes del SDRA 8 y sus colegas de la red Gladio trasladaban individuos de refugio en refugio siguiendo itinerarios secretos y lograban así trasladarlos a través de las fronteras. «Aquellos ejercicios se organizaban a menudo a escala internacional y simulaban en un determinado lugar la recuperación y exfiltración de un piloto derribado o de agentes extranjeros que habían entrado al país con una misión específica (inteligencia, sabotaje).»
El sistema europeo Gladio funcionaba de maravilla, como descubrieron los sorprendidos senadores belgas: «Es conveniente aportar dos precisiones sobre estos ejercicios. En primer lugar, estamos aquí ante una red internacional capaz de trasladar a un individuo de Noruega hasta Italia de manera totalmente clandestina. Ello implica una colaboración muy estrecha y una estricta coordinación a nivel internacional entre varios servicios secretos», subrayaron los senadores en su informe. «El segundo hecho importante es la perfecta infraestructura técnica de la que disponía la red stay-behind: las personas y el equipamiento eran enviados o recogidos por vía terrestre, marítima o lanzados en paracaídas. Su destino se designaba de antemano y se controlaba. Las personas se mantenían en edificios protegidos.»

El agente Van Ussel, alias Georges 923, de la STC/Mob, recuerda que el terreno preferido para las operaciones submarinas era el Mediterráneo, sobre todo la base de Solenzara, en Córcega [Francia], que «era por consiguiente muy conocida para las familias de militares belgas de vacaciones».
Van Ussel insiste en la estrecha colaboración existente entre los ejércitos secretos europeos, que lograban trasladar un agente de Noruega a Italia en menos de un mes sin que fuese sometido a ningún tipo de control de aduana o policial: «Efectuábamos sobre todo el siguiente ejercicio: en una noche sin luna, un submarino inglés emergía frente a las costas noruegas, una lancha transportaba furtivamente al agente hasta la orilla siguiendo señales luminosas efectuadas desde la playa por un agente de la red local. La lancha volvía después al submarino mientras que el “visitante” era interceptado por un agente civil que lo interrogaba y lo registraba, para verificar si efectivamente se trataba de la persona que estaba esperando. Ya bajo la responsabilidad de la organización, el “visitante” era después trasladado a pie, a caballo o en automóvil de red en red hasta llegar a Kristiansand», en la costa sur de Noruega. «Desde allí, un pescador que trabajaba para la organización lo llevaba hasta Aalborg», en la costa norte de Dinamarca, «donde la red danesa se encargaba de él. De esa manera, después de un periplo de un mes a través de los Países Bajos, Bélgica y Francia, el “visitante” finalmente llegaba una mañana a la región de Friuli, en Italia, sin haberse sometido ni una sola vez a un control de aduana o de policía, lo cual era uno de los objetivos de la misión», precisa Van Ussel. «Bajo constante vigilancia, [el agente] había pasado por las manos de varias decenas de redes de evasión.»

Los oficiales del SDRA 8 se formaban en el Reino Unido, pero seguían también un entrenamiento conjunto con comandos estadounidenses en Estados Unidos, como se descubrió durante la investigación belga: «La Comisión pudo comprobar que varios miembros del SDRA 8 recibieron el entrenamiento de las fuerzas especiales en Estados Unidos». También resultó que habían participado en maniobras de la OTAN efectuadas en Europa junto a las fuerzas especiales estadounidenses. «Estados Unidos dispuso así», comentaron los senadores, «de un poderoso instrumento que les brindaba la posibilidad de influir en la situación interna de un país situado en su esfera de influencia».
La principal interrogante que subsiste hoy en día en Bélgica y en Europa es por lo tanto la siguiente: ¿Utilizó Estados Unidos ese instrumento a pesar de la ausencia de invasión soviética? ¿Utilizó el Gladio belga sus armas y explosivos en Bélgica en tiempo de paz y, si no lo hizo, prestó ayuda a grupos clandestinos de extrema derecho comprometidos en operaciones militares?

La investigación llevó a los senadores belgas a responder afirmativamente. Ellos lograron reconstruir el desarrollo de un hecho que llamaron el incidente de Vielsalm. En 1984, un escuadrón de marines estadounidenses despegó de un aeropuerto situado al norte de Londres. Después de saltar en paracaídas sobre su objetivo, alcanzaron su destino, donde los esperaba un agente del SDRA 8 para servirles de guía en la región.
Ocultándose de la población local, los comandos estadounidenses y los soldados de la sombra belgas pasaron los siguientes 15 días preparándose para su misión: un ataque nocturno contra el cuartel de Vielsalm, una ciudad del sur de Bélgica. Los marines [estadounidenses] se acercaron furtivamente a su objetivo y abrieron fuego. Un oficial de la policía belga resultó muerto y un soldado estadounidense perdió un ojo en aquella operación.

Los senadores [belgas] descubrieron que aquel ataque había sido perpetrado en el marco de un ejercicio bautizado Oesling. Unidades del ejército belga realizaban aquel tipo de operaciones en colaboración con miembros de las fuerzas especiales estadounidenses más o menos una vez al año. «La Comisión trató varias veces de saber si el SDRA 8 o sus instructores participaron o no en aquellos ejercicios Oesling.» «Recordemos que fue durante una de esas maniobras, en 1984, que se produjo un robo de armas en la comisaría de Vielsam», precisa el informe de la investigación.
Los miembros del Gladio belga afirmaron primeramente que no habían participado en los famosos ejercicios. «El último comandante del SDRA 8 desmintió toda implicación de su servicio en ejercicios de ese tipo, aquello no entraba en el marco de su misión y el riesgo para sus hombres hubiera sido demasiado importante», indica el informe. «Pero esa declaración se vio contradicha por un ex comandante del SDRA 11 y ex jefe de los servicios secretos belgas que confirmó que la red pudo haber participado en los ejercicios Oesling, Otro responsable atestiguó que la red participó en dos ejercicios del tipo Oesling.»  «Durante meses, las autoridades civiles nos explicaron que el ataque era obra de simples criminales o de terroristas», recuerda el periodista René Haquin. «Fue unos meses antes de que yo recibiera cierta llamada telefónica. Fue así que me fui a Francia donde me reuní con Lucien Dislaire, quien me explico extensamente su versión de los hechos. Me dijo que había participado en maniobras secretas que debían reproducir operaciones de resistencia y de apoyo a la resistencia como las que se habían desarrollado al final de la guerra.»

En 1990, cuando se descubrió toda la red stay-behind europea, el soldado Dislaire atestiguó ante las cámaras –en un documental sobre el Gladio– que, además del de Vielsalm, se habían realizado otros ejercicios conjuntos con las fuerzas especiales estadounidenses. «Yo soy del norte de Luxemburgo», explicaba Dislaire. «En aquella época, yo era director de un banco y al mismo tiempo ex paracaidista. Un día vinieron a mi casa y me pidieron ayuda en el marco de maniobras especiales en coordinación con las fuerzas especiales americanas. Los comandos belgas habían recibido orden de reunirse con paracaidistas americanos. Después tenían que alcanzar sus puntos de encuentro y tomar por asalto varios edificios de la gendarmería. Yo recibí el equipamiento y las armas necesarias así como un transmisor de radio para coordinarlo todo.»

René Haquin recordaba que la operación de Vielsalm era sólo una más entre las tantas en que las fuerzas especiales estadounidenses habían operado en suelo belga de forma clandestina. «Habíamos leído algo sobre un ataque contra un campamento militar de los Cazadores Ardenenses, aquí en Bélgica. Así que fui allí con otros periodistas», contaba Haquin, también ante las cámaras. «Habían cortado la cerca, tomado la armería por asalto, herido al guardia y se habían llevado cierta cantidad de armas. Logré entrar en el lugar gracias a alguien que conocía allí. Adentro pude ver militares extranjeros, americanos específicamente.»
El miembro del Gladio belga Lucien Dislaire confirmó al periodista René Haquin que las fuerzas especiales estadounidenses habían estado implicadas varias veces en operaciones clandestinas en territorio belga. «Había habido problema días antes» del ataque de Vielsalm, le contó Dislaire. «Los americanos habían ido demasiado lejos. Eran tipos de unos 40 años, oficiales, tipos duros. Se pasaron realmente de rosca. Anteriormente habían atacado unas barracas. Incluso habían lanzado una granada hacia las oficinas del ministerio público.» Dislaire confió al periodista que los métodos violentos de los comandos estadounidenses molestaban considerablemente a quienes sabían en Bélgica de aquellas operaciones clandestinas: «Las autoridades reaccionaron declarando que aquello era demasiado. Fue en aquel momento que se anuló el proyecto de ataque contra el cuartel de Vielsalm. El día previsto para el asalto supimos que la operación había sido anulada.» Pero era demasiado tarde para detener a las fuerzas especiales.

Dislaire contó que «los americanos me pidieron que los llevara al campamento donde querían estar listos para intervenir. A la mañana siguiente, me fui a Namur con mi mujer. Oí en la radio que el cuartel había sido atacado a medianoche. No puedo decir qué fue lo que sucedió en realidad porque yo me había ido a las 20 horas aquella noche. No se suponía que yo me quedara.» Fue a la mañana siguiente que Dislaire supo lo sucedido. «Al día siguiente, el comandante del cuartel de Vielsalm me llamó y me informó de la operación. Me dijo que avisara a los comandos belgas que el guardia no había muerto, que estaba en el hospital, gravemente herido.» El herido murió poco después.

Después de cada una de aquellas operaciones realizadas en los años 1980, las autoridades belgas destruían meticulosamente todos los indicios para evitar sospechas. El ejército stay-behind belga siguió siendo secreto y sólo algunos ataques fueron oficialmente confirmados. «Las autoridades americanas y belgas interrogadas finalmente admitieron al cabo de varios meses que se habían organizado maniobras y que había habido varios ataques», explicaba René Haquin. «Yo recuerdo, por ejemplo, el ataque contra un depósito de combustible del ejército en Bastogne. Y también el asalto contra una comisaría en Neufchateau. Los militares admitían poco a poco la realidad de aquellos ataques.»
Pero los detalles sobre la operación de Vielsalm no fueron divulgados. «La última versión que dieron del incidente de Vielsalm era que se había planificado un asalto pero que había sido anulado en el último momento», recordaba el periodista que subrayaba igualmente que las armas sustraídas habían ido a parar en manos de un oscuro grupo de activistas de izquierda para hacer creer que los culpables eran los comunistas: «Algunas de las armas robadas en Vielsalm fueron encontradas en un apartamento perteneciente a las CCC, las Células Comunistas Combatientes».

¿Por qué se montaron ese tipo de operaciones? ¿Y cómo fue que las armas robadas en Vielsalm por las fuerzas especiales estadounidenses fueron a parar al escondite de un grupo comunista belga en Bruselas?
«Aquel ejercicio tenía un doble objetivo: poner en alerta a la Policía belga y dar a la población la impresión de que el tranquilo y próspero reino de Bélgica se hallaba bajo la amenaza de una revolución roja», escribió el periodista británico Hugh O’Shaughnessy en un artículo dedicado al Gladio.
Los comunistas belgas, al igual que sus camaradas italianos, se vieron desacreditados por aquellas operaciones bajo bandera falsa realizadas conjuntamente por las fuerzas especiales estadounidenses y la red stay-behind belga.

La tesis se confirmó cuando se descubrió que el grupúsculo terrorista incriminado supuestamente comunista, las CCC, en realidad era una creación de la extrema derecha. Entre octubre 1984 y el otoño de 1985, las CCC fueron responsables de no menos de 27 atentados. Bajo la dirección de Pierre Carette, aquel grupo apuntaba, con ataques minuciosamente preparados, a los símbolos del capitalismo, como las instalaciones estadounidenses vinculadas a la OTAN, bancos y edificios militares.

El 17 de diciembre de 1985 fueron arrestados los líderes de las CCC y el grupo fue desmantelado en el mayor despliegue de fuerzas policiales y militares que se haya producido en Bélgica desde el arresto de los nazis, después de la Segunda Guerra mundial. El descrédito cayó sobre los comunistas hasta que varios periodistas descubrieron que la red terrorista que Pierre Carette había creado a principios de los años 1980 se componía en realidad de agentes vinculados a la extrema derecha. El brazo derecho de Carette, Marc de Laever, incluso se unió posteriormente a un movimiento neonazi alemán.

«Hubo en Bélgica toda una serie de hechos no aclarados: a mediados de los años 1980, un grupo armado cometió numerosos asesinatos de los que todavía no sabemos nada», recordó a fines de 1990 el ministro de Defensa Guy Coeme para tratar de establecer un vínculo entre el ejército secreto stay-behind y los actos terroristas de los que Bélgica había sido víctima. «Yo le pregunté al jefe de las fuerzas armadas, el general José Charlier, si existía o no en Bélgica una organización tipo Gladio», explicó Coeme en su primera intervención en la televisión belga, el 7 de noviembre de 1990, ante los telespectadores, absortos en las revelaciones sobre la red stay-behind europea.
Coemer sostuvo que, a pesar de su cargo de ministro de Defensa, nunca tuvo conocimiento de la existencia del ejército secreto. «Además, yo quiero saber si existe un vínculo entre las actividades de esa red secreta y la ola de crímenes y de terrorismo que sufrió nuestro país en los pasados años.»

El ministro de Defensa se refería a las tristemente célebres matanzas de Brabante, una serie de atentados terroristas, tan inexplicables como sangrientos, que dejaron 28 muertos y numerosos heridos en la región de Bruselas entre 1983 y 1985. Aquellas matanzas habían suscitado gran conmoción entre la población y siguen siendo hoy en día el episodio más trágico de la historia reciente de Bélgica.

Figuran además entre los actos terroristas más violentos que conociera Europa Occidental durante la segunda mitad del siglo XX. Estas «matanzas de Brabante» designan en realidad una serie de 16 asaltos a mano armada cometidos en los alrededores de la provincia belga.
El primero tuvo lugar el 14 de agosto de 1982 en un comercio de víveres de Maubeuge, en el norte de Francia. El último se produjo el 19 de noviembre de 1985 en un supermercado Delhaize, en Aalast, una ciudad de Flandes oriental. Los otros 14 atentados, perpetrados todos en la región de Brabante, tuvieron como blanco 2 restaurantes, un chofer de taxi, una joyería, una fábrica textil, un comercio de víveres y por 5 supermercados del grupo Delhaize, siempre en ciudades diferentes. La policía había observado que en cada ocasión los culpables se habían llevado sumas insignificantes, raramente más de 8 000 euros, aunque sí habían dado muestras de extrema violencia y de gran profesionalismo.

Las matanzas de Brabante tenían como objetivo instaurar un clima de terror entre la población belga. Y lo lograron, como quedó demostrado en el ataque contra el supermercado Delhaize de Alost, el 9 de noviembre de 1985. Importante fecha del calendario cristiano, el 9 de noviembre es el día de San Martín, el papá Noel local, y en la noche anterior, antes de irse a la cama soñando con sus regalos, los niños ponen frente a sus casas zanahorias para los caballos del santo. Se trata tradicionalmente de un día de gran afluencia [en los comercios].
Aquel sábado, el público se agolpaba en el supermercado Delhaize para realizar sus compras de última hora. Los hechos que se produjeron entonces pudieron reconstruirse gracias a los testimonios de personas allí presentes.
Tres hombres armados y encapuchados salieron de un Volkswagen GTI estacionado ante el establecimiento. El más alto de los tres, armado con un fusil de acción de bombeo, mató a quemarropa y a sangre fría a dos clientes del supermercado. Al llegar al nivel de las cajas registradoras, comenzó a disparar al azar contra todas las personas presentes. «Vi tres hombres enmascarados salir de detrás. Un hombre le dijo a su hijo “¡Al suelo! ¡Están ahí!», contó un testigo anónimo en el documental sobre Gladio transmitido por la BBC. «Un automovilista testigo de la escena que trataba de huir del lugar [fue tiroteado], su automóvil recibió 7 u 8 proyectiles y una bala lo rozó detrás de la oreja.» El pánico se apoderó de la gente. «Una mujer con el rostro cubierto de sangre gritaba algo a su hijo. No sé qué exactamente.» Los pasillos del supermercado ofrecían a los aterrorizados clientes muy pocas posibilidades de esconderse o de ponerse al abrigo de los disparos.

Ocho personas, entre ellas varios miembros de una misma familia, encontraron la muerte en el posterior tiroteo y otras 7 resultaron heridas.
Una pareja y su hija de 14 años fueron rematadas a sangre fría ante las cajas registradoras. Otro padre de familia y su hija de 9 años fueron abatidos cuando trataban de huir en auto. El botín de la operación fue el equivalente a unos miles de euros, encontrados posteriormente en un bolso abierto que los malhechores lanzaron en un canal. Los asesinos se esfumaron y hasta el sol de hoy siguen sin haberse juzgados, ni arrestados. Ni siquiera han sido identificados. Hoy en día aún se ignora quién estuvo detrás de aquellos hechos, que hoy se acostumbra a designar como «las matanzas de Brabante».

Después de aquellos asesinatos, el ministro de Justicia Jean Gol compareció ante la televisión para prometer más seguridad a una población aterrada. Aquellos actos reiterados de terrorismo provocaron pánico en toda Bélgica.
Los policías de servicio cerca de los supermercados recibieron como refuerzo la presencia de paracaidistas y de Jeeps equipados con piezas de artillería ligera. Testigos y expertos coincidían en reconocer que aquellas matanzas no eran obra de simples criminales sino más bien operaciones sanguinarias perpetradas por aguerridos profesionales.

Era lo único que podía explicar la calma y la determinación que habían mostrado los atacantes al controlar la situación y hacer uso de sus armas así como su seguridad al huir en su Volkswagen, justo ante las narices de la policía belga. Actuando siempre con un reducido número de cómplices, el más alto de los sospechosos, implicado en la matanza de Alost y al que los testigos y la prensa bautizaron como «el gigante», reapareció en varios asaltos a mano armada, dando órdenes a sus hombres y utilizando su escopeta de acción de bombeo SPAS 12 de fabricación italiana.

El sello distintivo de aquellos hombres era la extrema violencia. El 30 de septiembre de 1982, durante un tiroteo, un policía herido que yacía en la acera mojada fue rematado fríamente y a quemarropa. Durante el asalto de un establecimiento de venta de víveres en Nivelles, el 3 de marzo de 1983, los asaltantes, en vez de huir después de asesinar a una pareja y hacer sonar la alarma, decidieron esperar la llegada de la policía, que cayó de lleno en la emboscada.

La comisión investigadora sobre el Gladio nombrada por el parlamento belga recibió la misión de responder a la siguiente pregunta: «¿Existen vínculos entre la red y los actos de terrorismo y de gangsterismo observados en Bélgica en los 10 últimos años?» A pesar de su notable trabajo, los senadores no pudieron dar respuesta a esa crucial interrogante.

Su fracaso en ese sentido se debe en gran parte a la falta de cooperación del SDRA 8 y de la STC/Mob, que se negaron a proporcionar la identidad de sus agentes. «La Comisión no ha descubierto ningún elemento que permita concluir la existencia de vínculo alguno entre la red y los actos de terrorismo y de gangsterismo», concluyó el informe de los parlamentarios. «La negativa del SDRA 8 y de la STC/Mob en cuanto a revelar a los jueces a cargo del caso la identidad de todos sus agentes civiles ha hecho imposible proceder a las verificaciones que probablemente hubiesen permitido eliminar las dudas que siguen subsistiendo.»

De esta forma, el grupo de magistrados encargados de asesorar a la comisión senatorial no logró probar la existencia de vínculos entre la red stay-behind y las matanzas de Brabante. «Los jueces no disponen por el momento [en 1991] de ningún elemento que permita pensar que miembros del SDRA 8 y de la STC/Mob hayan podido desempeñar algún papel en los actos criminales que tanto conmocionaron a la opinión pública.» Al igual que los senadores, los magistrados no lograron obtener resultados concluyentes: «Los jueces deploraron no haber podido responder a esta pregunta con más certeza: el silencio que se ha mantenido sobre la identidad de los agentes no permite a los jueces proceder a las verificaciones necesarias para determinar la verdad».

Si el ejército secreto no tiene nada que ocultar debe aceptar revelar la identidad de sus miembros, razonaba la prensa belga mientras que los senadores enfrentaban constantes obstrucciones. Sin embargo, los dos jefes del Gladio dentro del ejecutivo belga –el señor Raes, todopoderoso director de la Sûreté de l’État de 1977 a 1990 y de hecho responsable incluso de la STC/Mob, y el teniente coronel Bernard Legrand, jefe de los servicios secretos militares y por lo tanto también jefe del SDRA 8– simplemente se negaron repetidamente a entregar sus listas de agentes.

El categórico rechazo del ejecutivo a contestar las preguntas de los legisladores y de la justicia provocó una ola de indignación en la democracia belga. Raes y Legrand no tenían legalmente ningún derecho a negarse a cooperar ya que sus respectivos superiores jerárquicos –el ministro de Justicia Wathelet y el ministro de Defensa Coeme– habían impartido a sus subordinados órdenes explícitas de que colaboraran con la investigación sobre la red stay-behind y que entregaran la lista de sus efectivos, órdenes que simplemente no fueron obedecidas.

Por ser el caso de las matanzas de Brabante uno de los episodios más sensibles de la historia de la guerra secreta en Bélgica, la comisión senatorial había acordado con los ministros de Defensa y de Justicia que los nombres de los individuos que habían sido o eran miembros de la red stay-behind sólo serían de conocimiento de los tres magistrados a cargo del expediente, quienes a su vez garantizarían la confidencialidad. Los tres jueces se comprometían a divulgar únicamente la identidad de las personas que estuviesen implicadas en los excesos cometidos en los años 1980.

Existían por lo tanto garantías de discreción, a menos que se demostrara la implicación de soldados stay-behind en las matanzas de Brabante. La proposición parecía justa. Pero Raes y Legrand se mantuvieron en sus trece y nunca proporcionarían ningún nombre. Se trató entonces de llegar a un compromiso. A falta de los nombres, se propuso que los jueces pudieran disponer al menos de las fechas de nacimiento de los agentes para que pudieran compararlas con las de los individuos considerados sospechosos en el caso de las matanzas de Brabante. Pero se estrellaron contra una nueva negativa.

«Diga lo que diga el ministro, subsisten razones muy justificadas para no revelar la identidad de los soldados clandestinos. Por diferentes razones, sobre todo sociales y familiares, los clandestinos cuentan con la promesa que se les hizo», explicó el comandante Legrand.
«Me mantendré inflexible. No daré los nombres de los combatientes clandestinos, a menos que se presenten pruebas», insistió, sabiendo perfectamente que sin los nombres era imposible probar nada. «Es una organización honorable. No entiendo por qué se da tanta importancia a este asunto», se quejó Legrand. «Cuando leo los periódicos, me cuesta creer que se pueda conceder tanto interés a cuestiones de ese tipo cuando hay tantos problemas más importantes.»

Los senadores y los magistrados insistieron aún durante 3 meses. La situación se estaba convirtiendo en una prueba de fuerza. Pero finalmente fueron Raes y Legrand los que ganaron la partida. Los nombres no fueron revelados y, el 28 de marzo de 1991, Le Soir, el principal diario belga, publicó el siguiente mensaje en clave: «¡Digan los nombres! ¡Nunca!, responden los “Gladiadores”. Ha llegado el momento del choque. Aquí Bruselas. Queridos amigos de la Operación Stay-Behind, la Sección 8 les reitera su mayor estima y agradece a ustedes su sincera dedicación al país. Garantizan a ustedes que se trata de presiones y amenazas en el aire y que se respetarán los compromisos. ¡Adolfo está bien!»

Aquello era una humillación para la comisión de investigación sobre el Gladio. Los senadores sólo pudieron comprobar que el artículo publicado en Le Soir había sido impreso por orden de Legrand y que aquello podía «considerarse una forma de resistencia colectiva ante los intentos de la Comisión por obtener los nombres».
La frase «¡Adolfo está bien!» [En francés, “Adolphe, va bien!”. Nota del Traductor.] servía para indicar que el mensaje emanaba realmente de las más altas autoridades de la red stay-behind. Raes y Legrand se vieron obligados a dimitir como resultado de aquel asunto, que puso fin de forma definitiva a sus carreras en la administración belga.

El 23 de noviembre de 1990, el gobierno decidió desmantelar su ejército secreto y poner fin a toda colaboración con organizaciones análogas en el extranjero. Lo más difícil de admitir para los senadores belgas fue que la CIA y el MI6 –que, como comandantes de las redes europeas stay-behind, también disponían de los registros que contenían la identidad de los miembros del Gladio belga– también se negaron a colaborar, a pesar incluso de las fuertes sospechas existentes en el caso de las matanzas de Brabante. La comisión senatorial belga señaló que «los nombres de los agentes se hallaban en sobres sellados, depositados en archivos en Washington y en Londres por sus respetivos servicios secretos».

Mientras la prensa belga llegaba a la conclusión de que los servicios de inteligencia de Gran Bretaña y Estados Unidos eran responsables del misterio que seguía rodeando las matanzas de Brabante, el ministerio de Justicia [belga] solicitó en 1995 a los profesores Fijnaut y Verstraeten de la universidad belga de Lovaina que investigaran las razones que habían impedido que se levantara el secreto en Bélgica. Después de sólo 2 meses de investigación, los dos profesores renunciaron a aquella tarea denunciando una grave falta de cooperación de parte de las instituciones gubernamentales que, según ellos, les estaban impidiendo hacer su trabajo.

Se nombró entonces una nueva comisión parlamentaria encargada de descubrir por qué la democracia belga era incapaz de averiguar la verdad sobre las matanzas de Brabante. En octubre de 1997, la nueva comisión entregó un abrumador informe de 90 páginas.
El informe enumeraba una serie de ejemplos de flagrante incompetencia observados durante las investigaciones realizadas inmediatamente después de los atentados perpetrados en los años 1980 y acusaba a la policía belga de haber realizado una investigación caótica e ineficaz durante la cual se habían extraviado documentos o habían sido destruidos, se habían ignorado diferentes pistas y ciertas informaciones no habían sido comunicadas a otros servicios que colaboraban con la investigación.

El investigador Allan Francovich aportó un nuevo enfoque sobre las matanzas de Brabante al seguir la tesis de una colaboración entre ciertas células del ejército secreto belga y la organización de extrema derecha Westland New Post (WNP). Ya en 1988, el periodista investigador John Palmer había subrayado que ciertos indicios del caso de las matanzas de Brabante designaban «claramente a la extrema derecha, y sobre todo al grupúsculo neonazi bautizado Westland New Post».

En 1974 se había fundado en Bélgica el muy derechista Frente de la Juventud (FJ). Cinco años más tarde, el FJ se había dotado de un brazo armado: el WNP. «Nacido en 1974, el Frente de la Juventud existió hasta los años 1980. Se situaba unas veces en el militantismo político y otras en el activismo», explicaba en el documental de Francovich el jefe de aquella organización, Francis Dossogne. Este último confirmaba que se trataba, efectivamente, de un grupo «de extrema derecha» y agregaba que era «esencialmente un movimiento de jóvenes y militantes».

También admitía Dossogne que el FJ había recurrido de forma regular a la violencia: «El Frente de la Juventud realizaba acciones de subversión. Cuestionaba muchas cosas, todo lo que estaba bien establecido. El Frente era tan subversivo que quisieron disolverlo.» Al realizar sus entrenamientos paramilitares cada vez más abiertamente, los miembros del FJ se convirtieron rápidamente en blanco de críticas. «El Frente fue condenado por causa de sus campamentos. En realidad, no hacíamos nada diferente a los niños exploradores. Hay compañías que van mucho más lejos en sus entrenamientos intensivos.»

Dossogne hizo una revelación particularmente interesante en aquella entrevista. Confesó que los miembros del FJ habían fundado una rama de activistas que se componía casi exclusivamente de miembros de la gendarmería belga. Bajo la designación SDRA 6, la gendarmería también formaba parte de los servicios secretos militares SGR, que a su vez dirigían la red stay-behind o SDRA 8.

La nueva rama del Frente se llamó primeramente «G», en referencia a “Gendarmería”, antes de convertirse en el WNP. «El Grupo G era una sección del Frente de la Juventud dentro de la gendarmería. Como gendarmes, ellos no querían mezclarse con los demás y arriesgarse a verse implicados en manifestaciones, etc.», explicó Dossogne. El gendarme Martial Lekeu desempeñó un papel determinante en el Grupo G, y posteriormente en el WNP. «Lekeu era miembro del Grupo G. Fue uno de sus primeros miembros», recordó Dossogne ante la cámara. «Estaba tan comprometido con el grupo que posteriormente informó su existencia al comandante en jefe de la gendarmería.»
Lekeu fue miembro de la gendarmería belga desde 1972 hasta 1984. Abandonó entonces el país y se fue a la Florida, en Estados Unidos. En el documental sobre el Gladio, Lekeu explicaba en un inglés rudimentario la implicación de ciertos elementos de los servicios secretos militares belgas y del aparato de seguridad en las matanzas de Brabante: «Mi nombre es Martial Lekeu. Yo era miembro de la gendarmería belga. Abandoné Bélgica en agosto de 1984 luego de que mis hijos recibieran serias amenazas de muerte. A principios de diciembre de 1983 me presenté personalmente en la BSR [Brigada Especial de Investigaciones (siglas en francés), una rama de la gendarmería] de Wawre que investigaba las matanzas [de Brabante].»
Lekeu había descubierto que varios grupos en el seno mismo del aparato de seguridad estaban implicados en los ataques. «Me sorprendía que no hubiese arrestos y sé que yo mismo señalé lo que pasaba. Matanzas de ese tipo no se trataban a la ligera… cometer asesinatos al azar o ir a un supermercado a matar gente, incluso niños. Creo que mataron una treintena de personas. Así que le dije a un hombre [de la BSR] con quien me reuní: ‘¿Ustedes se dan cuenta de que hay miembros de la gendarmería y del ejército implicados en todo esto?” Su respuesta fue: “¡Cállese! Usted lo sabe, nosotros lo sabemos. Ocúpese de sus asuntos. Y ahora, ¡fuera de aquí!” Ellos decían que la democracia estaba hundiéndose, que la izquierda estaba en el poder, los socialistas y todo eso, y que querían más poder.»

Un informe sobre la investigación del parlamento belga sobre las matanzas de Brabante publicado en 1990, sólo unos meses antes de que se revelara la existencia del ejército secreto belga, confirmaba esta versión. «Según este informe, los asesinos eran o habían sido miembros de las fuerzas de seguridad –militantes de extrema adeptos de las políticas de seguridad que preparaban un golpe de Estado.» «Se piensa ahora», señaló la prensa británica después de la publicación del informe, «que las matanzas de Brabante eran parte de una vasta conspiración tendiente a desestabilizar el régimen democrático belga, quizás para preparar el terreno con vistas a un golpe de Estado de la extrema derecha».
«Paramilitares y gente que pertenecía al aparato de seguridad o vinculada al aparato estatal por una colaboración o por cierta afinidad siguieron la política terrorista», observó el terrorista Vincenzo Vinciguerra, resumiendo así el aspecto más delicado de la historia de los ejércitos stay-behind.

En toda Europa Occidental, organizaciones de extrema derecha «estaban movilizadas para el combate en el marco de una estrategia anticomunista que no emanaba de grupúsculos que gravitaban en las esferas del poder sino del poder mismo, y que se inscribían principalmente en el marco de las relaciones del Estado con la alianza atlántica».
Siguiendo esta pista, el diputado Hugo Van Dienderen del partido Agalev trató de averiguar más sobre las operaciones clandestinas realizadas en Bélgica poniéndose en contacto con la OTAN. Dos años antes del estallido del escándalo Gladio, el diputado belga preguntó por escrito a la alianza atlántica si disponía de una «Comisión de Seguridad» secreta. La OTAN le preguntó primero por qué se planteaba él aquella interrogante y después se negó a proporcionarle información específica al respecto.

Las sospechas de que el WNP había tenido protección especial de la OTAN se acrecentaron en octubre de 1990, cuando 7 miembros de aquella organización de extrema derecha acusados de haber robado, a principios de los años 1980, cientos de documentos pertenecientes a la OTAN y al ejército belga fueron misteriosamente liberados de los cargos por la más alta corte marcial de Bélgica, a pesar de que los documentos en cuestión habían sido encontrados en las oficinas del WNP y de que los miembros de la organización incluso habían confirmado que aquellos documentos les pertenecían.

Al mismo tiempo, los acusados negaron categóricamente haber robado los documentos. «¡Sólo obedecimos a las autoridades!», se defendió el activista del WNP Michel Libert, quien subrayó que al apoderarse de aquellos expedientes había actuado por patriotismo y con la autorización de sus superiores de la OTAN. Su colega Frederic Saucez protestó: «¡Si robé télex de la OTAN fue por orden de la Sûreté de l’État!» El Estado, como había anunciado Vinciguerra, resultó ser incapaz de castigar sus propias faltas.

Al principio, el juicio se dilató en el tiempo ya que los acusados presentaron numerosas apelaciones ante jurisdicciones superiores hasta que, en octubre de 1990, la más alta instancia jurídica militar [de Bélgica], el Consejo de Guerra, decidió que los hechos se habían producido hacía tanto tiempo que no era posible pronunciar una sentencia contra los 7 acusados. La instancia agregó que la gravedad del crimen se atenuaba porque había sido cometido en una época en que la guerra fría era «más que una simple expresión». Se conminó a los 7 miembros del WNP a devolver los documentos robados al ministerio de Justicia y se fueron tranquilamente del tribunal, completamente libres.

Uno de los inculpados, el militante de extrema derecha Michel Libert, miembro del WNP de 1978 hasta los años 1980, confirmó posteriormente en un documental sobre el Gladio que altos oficiales lo habían protegido durante aquellas operaciones. «Los miembros más aptos», explicaba con orgullo ante la cámara, «pueden constituir una rama de acción».

El jefe del WNP, Paul Latinus, había impartido instrucciones para operaciones clandestinas. «Cada vez que había una operación que ejecutar se le confiaba a Latinus. Para que pudiéramos hacerlo bien, él necesitaba un respaldo en caso de que hubiera problemas.» La protección “de arriba” era indispensable. «Usted no podía mandar jóvenes reclutas al terreno. Les habrían metido una bala entre los ojos en menos de 2 segundos.
El riesgo siempre estaba presente. Podían ser arrestados por la policía local al primer control de identidad. La policía aparece siempre como un pelo en la sopa. Uno no puede decir: “Estamos aquí para tal o más cual misión.” “¿Y qué hacen ustedes?” “No podemos decir nada.” Y entonces, clic. Nos ponen las esposas y se acabó.»

¿Quería Libert confirmar que el WNP y las fuerzas del orden belgas habían estado implicadas en las matanzas de Brabante? ¿Estuvieron las matanzas entre sus «misiones»?, le preguntó Allan Francovich, el realizador del documental. «Recibíamos órdenes. Podemos remontar, digamos, a 1982. Desde 1982 hasta 1985», respondió Libert en referencia al periodo en que se desarrollaron los ataques. «Había proyectos.» Proyectos especialmente secretos, reconoció. Según su propio testimonio, a él mismo le dijeron: «Usted, señor Libert, no sabe nada de las razones que nos llevan a hacer esto. Nada en lo absoluto. Lo único que le pedimos es que su grupo, con apoyo de la gendarmería y de la Sûreté, haga un trabajo.
Blanco: los supermercados. ¿Dónde están? ¿Qué tipo de sistema de seguridad tienen? ¿Qué tipo de protección pudiera interferir en nuestras operaciones? ¿Es el gerente en persona quien cierra con llave los accesos? ¿O utilizan quizás una empresa de protección?»
La operación era altamente secreta y Libert siguió las instrucciones al pie de la letra: «Ejecutamos las órdenes y enviamos nuestros informes: horarios de apertura y cierre. Toda la información que usted pueda pedir sobre un supermercado. ¿Con qué objetivo? Sólo era una misión entre cientos de otras. Algo que había que hacer. El uso que iban a darle a aquello, esa es la gran interrogante.»

«Si el objetivo era sembrar el terror», observó Davison, un periodista, «los asesinos escogieron los blancos perfectos: mujeres, niños y personas de avanzada abatidas de un balazo mientras empujaban su carrito de compras en el supermercado de la esquina».
El extremista Michel Libert era el último eslabón de la cadena de mando. Recibía órdenes del comandante del WNP Paul Latinus. «Está claro que Latinus es una de las piezas más interesantes de ese rompecabezas, si uno trata de penetrar los misterios político-jurídicos de los años 1980», escribió un periodista de la revista belga Avancées que había compilado una verdadera mina de información sobre los años del terror en Bélgica. Latinus era, concluía el periodista, el vínculo «entre la extrema derecha, la derecha clásica y los servicios secretos belgas y extranjeros».

Paul Latinus era uno de los más notorios terroristas de extrema derecha de Europa. Según su propio testimonio, estaba a sueldo de los servicios secretos del Pentágono, la DIA (Defense Intelligence Agency). Este individuo, que había sido ingeniero nuclear e informante de la Sûreté belga, había sido reclutado por la DIA a los 17 años, en 1967.

Posteriormente, fue formado por la OTAN. El periodista belga René Haquin, quien escribió un libro sobre Latinus, recuerda que «durante una investigación judicial en la que estaba implicado, Latinus mencionó el nombre de una agencia extranjera: la DIA, equivalente militar de la CIA» [94]. En los años 1970, Latinus se hizo miembro del BROC, el club de oficiales reservistas de Brabante, organización militar conservadora fundada en 1975 y obsesionada con el «peligro rojo».

En 1978, Paul Latinus se hizo miembro del Frente de la Juventud en cuyo seno creó un departamento de operaciones especiales, el WNP. Latinus disponía de excelentes contactos, lo que le permitió al mismo tiempo hacer carrera dentro del gobierno, donde fue asistente del consejero del ministro del Trabajo y formó parte de varias comisiones.
En enero de 1991, cuando la revista de izquierda Pour reveló su trayectoria como militante de extrema derecha, Latinus tuvo que renunciar a sus funciones oficiales y se fue al Chile de Pinochet. Pero, al cabo de sólo 2 meses de exilio, utilizó sus relaciones y volvió a Bélgica, en el preciso momento en que comenzaban las matanzas de Brabante. Retomó el mando del WNP y, entre otras actividades, colaboró con la Sûreté de l’État en la lucha anticomunista proporcionando información sobre personalidades de la izquierda belga al ministerio de Justicia.

«Latinus había ingresado al Frente de la Juventud con una misión específica», recuerda Jean-Claude Garot, redactor jefe de la revista Pour, y precisa que esa misión era «enseñar a los miembros de la organización a realizar ataques violentos, ataques contra cafés de propietarios árabes, a organizar campos de entrenamiento militar y realizar misiones de vigilancia».

Investigando sobre la extrema derecha belga, Garot había seguido la pista de Latinus hasta los campos de entrenamiento en operaciones especiales del WNP. «Entre los miembros de los grupos paramilitares que ellos formaban y entrenaban para sus intervenciones figuraban elementos de la extrema derecha, ex comandos paracaidistas, ex militares (gendarmes) y militantes de derecha», descubrió el periodista mucho antes de que se revelara la existencia de los ejércitos secretos, en 1990. «Ese tipo de ejercicios no incluía el uso de armas de fuego ni granadas. Eso hace ruido y llama la atención. Sabíamos que existía un campamento de ese tipo. Teníamos informes sobre eso y llevamos por lo tanto el equipamiento necesario para fotografiar parte de aquellas actividades.»

El campamento se hallaba en la región de las Ardenas y los instructores de diferentes servicios secretos estaban presentes en las sesiones de entrenamiento. «Aquellos hombres proporcionaban formación en reclutamiento, vigilancia y manejo de armas. “Robert” enseñaba el uso de explosivos, de armas, tiro y cómo matar a un hombre sin dejar huellas.»

Cuando Garot publicó lo que había descubierto, varios servicios se alarmaron y trataron de enterrar el asunto. «Con algunos amigos de la radio y la televisión, interrogamos al general Beaurir. [Este último] estaba entonces a la cabeza de la gendarmería», recuerda Garot. «Durante la entrevista, [el general] dijo: “Nunca ha sucedido nada de eso.” Aquel mismo día intervino el juez de instrucción. ¿Pero dónde? Aquí mismo [en la oficina del periodista]. Registraron el local y declararon: “Jean-Claude Garot ha mentido. Falsificó los uniformes, las fotos y las armas, todo eso no es más que una farsa”.» Según se comprobó más tarde, Garot había descubierto la rama de extrema derecha de la red stay-behind belga, el SDRA 8 entre cuyos miembros había activistas del WNP.

Paul Latinus estaba al mando del grupo de intervención terrorista. En una entrevista concedida a Haquin, él mismo confirmó que había sido miembro de una red anticomunista clandestina. «A Latinus se le había encargado constituir un grupo, un ejército al estilo de las SS», explicó el periodista.
«Ellos tenían un servicio secreto, un servicio de seguridad dentro del grupo. Cada miembro tenía un segundo nombre, un nombre en código, generalmente en alemán. Los miembros no se conocían entre sí.» «Volví a ponerme en contacto con Paul Latinus.
Nos reunimos en un restaurante en el campo y estuvimos conversando toda la noche. Algunas autoridades, el no quiso especificar cuáles, le habían confiada la tarea de crear en Bélgica un grupo secreto de resistencia.
Era para combatir un avance soviético e impedir que ciertas autoridades belgas colaboraran con los Soviets.»

Desde su exilio en la Florida, el ex miembro del WNP y ex gendarme Martial Lekeu le confirmó a Frankovich que el ejército secreto belga había participado en las matanzas de Brabante para desacreditar a la izquierda. «El origen de las armas que utilizaban era lejano y era exactamente lo que habíamos previsto: organice usted bandas y grupos de ese tipo y déjelos actuar por sí mismos garantizándoles cómo sobrevivir y el aprovisionamiento y tendrá con qué crear un clima de terror en el país», explicaba Lekeu. «Tenían dos planes. El primero era conformar bandas que montaran asaltos con tomas de rehenes… ustedes saben, las matanzas. El segundo consistía en organizar un falso “movimiento de izquierda” que cometería crímenes únicamente para hacerle creer a la población que aquellos actos terroristas eran obra de la izquierda.»
¿Contaba ese terrorismo con el apoyo y el aliento de la administración del presidente de Estados Unidos Ronald Reagan, que al mismo tiempo reprimía con violencia a los sandinistas en Nicaragua?, preguntó Francovich al miembro del WNP.
Michel Libert, a quien se le había encargado reunir información sobre el funcionamiento de los supermercados por orden del jefe del WNP Paul Latinus, confirmó a su pesar que su superior había colaborado muy estrechamente con Estados Unidos: «Él [Latinus] se reunía con gente de la embajada [estadounidense] pero yo nunca pude verlos como lo estoy viendo a usted», o sea frente a frente. «Eso no entraba en mi campo.
El suyo era, digamos, la diplomacia, o sea las relaciones con las autoridades extranjeras. Nosotros sólo nos ocupábamos de las acciones», recordó el terrorista Libert. «Sabíamos que estábamos protegidos, y por todas las autoridades imaginables, según el tipo de misión.
¿Los americanos le pagaban [a Latinus]? Yo no sabría decirlo. Pero sí estaba en contacto con ellos.»
El senador Roger Lallemand, quien dirigía la investigación sobre el Gladio belga, estaba entonces en lo cierto al analizar las matanzas de Brabante como «obra de gobiernos extranjeros o de servicios de inteligencia que trabajan para potencias extranjeras, una forma de terrorismo tendiente a desestabilizar nuestra sociedad democrática».

En su prudente formulación, el senador Lallemand se cuidaba sin embargo de acusar directamente a Estados Unidos, aunque insistía en el hecho que aquel tipo de terrorismo encajaba en el contexto político anticomunista de la guerra fría: «Aquellos asesinatos gratuitos pudieron tener un móvil político, recordando lo que pasó en Italia. En la estación de Bolonia, 80 personas inocentes encontraron la muerte. Pensamos que una organización política estaba detrás de las matanzas de Brabante y de Bolonia».
Fue el periodista René Haquin quien aportó las piezas que faltaban en el rompecabezas con su entrevista al terrorista del WNP respaldado por Estados Unidos Paul Latinus: «En nuestros intercambios durante los días y semanas siguientes le pregunté a Latinus quién le había pedido que conformara su grupo. Él mencionó a la Sûreté de l’État. Yo insistí y él acabó por hablar de los servicios secretos militares estadounidenses.»

Paul Latinus fue arrestado por las matanzas de Brabante. Pero, el 24 de abril de 1985, antes de haber tenido tiempo de revelar nada, el comandante de extrema derecha apareció ahorcado con un cable de teléfono, a pesar de que sus pies tocaban el piso de la celda. «Entre las relaciones de Paul Latinus, todas o casi todas están convencidas de que el jefe del WNP no se suicidó sino que fue eliminado.» «Cada vez que se hizo una reconstrucción [de los hechos], el cable de teléfono se partió.» Haquin se pregunta: «Si Estados Unidos no tiene nada que ver con las matanzas, ¿por qué no habla, por qué guarda silencio y permite que se acrecienten las sospechas?»

victima

Una víctima de la estrategia de la tensión, asesinada fríamente en un supermercado.

sindicalista

Julian Lahaut, sindicalista, miembro de la Resistencia al nazismo durante la Segunda Guerra Mundial y político belga. Fue asesinado el 18 de agosto de 1950, probablemente por agentes del Gladio.

primer ministro belga

Paul-Henri Spaak, tres veces Primer Ministro de Bélgica en el marco de la monarquía reinante, negoció el despliegue de Gladio en su país. Posteriormente, se convirtió en Secretario general de la OTAN.

Robert Schuman (Francia), Dean Acheson (EE.UU.) y Ernest Bevin (Reino Unido), los principales arquitectos de la organización estadounidense de Europa occidental contra la influencia soviética.

otan francia

La principal base militar de la OTAN en Francia fue instalada en Solenzara (isla de Córcega). Hasta que el escándalo de los años 90’ no reviente y esta información llegue a la opinión pública, los agentes belgas del Gladio recibían entrenamiento y capacitación ahí mismo.

prensa

Lucien Dislaire, durante una reconstitución para la prensa delo que fue el ataque al cuartel de Vielsalm.

 socialista

El Ministro de Defensa belga socialista Guy Coëme enfrentando el silencio. Los soldados bajo su mando se negaron a responder a las preguntas. Más tarde se vio obligado de dimitir, atrapado en un escándalo y negociado de venta de armas.

recluta pentagono

El ingeniero nuclear Paul Latinus (derecha) fue reclutado a la edad de 17 años por los servicios secretos del Pentágono. Activista y militando en los sectores neonazis fundó el Westland New Post tema (WNP). Participó en la Operación Cóndor en Chile. Detenido en Bélgica por el caso de los asesinatos de Brabante, fue ejecutado en la prisión el 24 de abril de 1985 y su muerte fue disfrazada torpemente como si se tratara de un suicidio.

(Continuará…)

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