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Los poderes fácticos de Brasil reprimen y acallan el reclamo popular

Por Vanessa Dourado

Impresionantes imágenes de la protesta del último 24 de mayo en Brasil tomaron los medios de comunicación en todo el mundo.  Duramente reprimida por las fuerzas del Estado, la protesta terminó con un resultado de 49 personas heridas y otras tantas arrestadas.

Ya en el día anterior, centenas de manifestantes de todas de partes de Brasil viajaron a Brasilia, capital de la nación,  para participar de  la protesta planificada a partir de la huelga general del ultimo 28 de abril  contra las medidas de austeridad del presidente no electo Michel Temer. Convocada por las centrales sindicales y movimientos sociales, los organizadores estimaban la participación de 150 mil personas en la movida.

Entre las reivindicaciones, las organizaciones pedían el freno de las reformas laborares y de seguridad social. Todavía, el escándalo divulgado en la última semana en lo cual Temer aparece en una grabación junto con un empresario de la JBS sugiriendo la compra del silencio del expresidente de la cámara baja de Brasil, Eduardo Cunha, empujaron los ánimos de la población que salió a la calla a gritar “Fuera Temer” y “Elecciones Directas Ya”.

Mientras poco a poco más gente llegaba a la capital de Brasil, adentro del Congreso la base del gobierno intentaba seguir con los trabajos, ignorando lo que pasaba en la calle.  Hubo discusiones acaloradas entre los congresistas que tienen urgencia en aprobar leyes antipopulares antes que se caiga el gobierno y entre la oposición que sigue denunciando ilegitimad de Temer, quien tiene menos del 10% de aprobación popular. Temer fue establecido como presidente por una maniobra golpista que llevó a la destitución de la presidenta electa Dilma Rousseff. El empresariado y las grandes corporaciones  miran a Temer como un grande aliado para el desarrollo de sus negocios a través de la destrucción de los derechos de las y los trabajadores, ataque a los Derechos Humanos, contra-reforma agraria –a través de la  medida provisoria 759 que viene siendo denunciada por el Movimiento de los Trabajadores Sin Tierra, MST–,   y entrega de los bienes comunes del país al capital extranjero.

En las calles, un grande aparato policial fue montado para contener los manifestantes. Mientras las columnas avanzaban en dirección al predio del Congreso, la policía comenzó a reprimir con balas de goma y bombas de gases lacrimógenos contra la multitud. Las bombas eran utilizadas por los agentes de la policía en la línea de frente y también por helicópteros. Minutos después, hombres en caballos avanzaron  contra la gente que se defendió con piedras y palos. Una barricada fue montada con los baños químicos para contener la policía,  el  predio del  Ministerio de la Agricultura fue incendiado – en este mismo día, diez militantes campesinos fueron asesinados por la policía en la provincia de Pará, región Norte de Brasil.  La policía respondió con armas de fuego – un manifestante recibió un balazo y está hospitalizado en estado grave.

Todavía, ni la violencia desproporcional  logró contener a la gente que resistió el conflicto con las fuerzas del Estado por más de tres horas. Para demonstrar  fuerza, Temer firmó un decreto autorizando la intervención del Ejército y fue duramente criticado. La oposición formalizó una denuncia del decreto a la ONU y la Corte Suprema demostró incredulidad con la medida tomada. Horas después, el decreto fue derogado.

A pesar del clamor popular por elecciones directas, la base de gobierno sigue negociando una posible salida de Temer por elecciones indirectas, sin el voto del pueblo y con la participación del propio Temer en la decisión. Los movimientos sociales y las organizaciones de izquierda planifican nuevas protestas y ya indican que el camino sería una nueva huelga general para inicio de junio.

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