“Nosotros y ellos” ¿Tiene sentido odiar a nuestros adversarios?

El siguiente es un capítulo del libro “Encuentro con la sombra, El poder del lado oculto de la naturaleza humana“, C. G. Jung, J. Campbell, K. Wilber, M-L. von Franz, R. Bly, L. Dossey, M. S. Peck, R. May, y otros
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Edición a cargo de Connie Zweig
y Jeremiah

NOSOTROS Y ELLOS

Fran Peavey (en colaboración con Myrna Levy y Charles Va ron)

Tiene un amplio historial laboral que abarca desde su trabajo como taxis ta y diseñadora de muebles hasta elactivismo político y su la bor académica sobre teorías innovadoras y tecnología de vanguardia. Es autora dellibro Heart Politics.

Hubo una época en la que yo sabía a ciencia cierta que quienes se negaban a servir a lo s negros eran racistas, quienes organizaban guerras y ordenaban asesinar a personas inocentes eran belicistas y que los propietarios de fábricas que contaminan el aire, el agua y la tierra eran los responsables de la contaminación del medioambiente. Fue un tiempo en el que el hecho de participar en boicots, manifestaciones y sentadas de protestacontra las acciones de los malos me hacía sentir una buena chica.

Pero, por más que proteste, un examen sincero de mí misma y de mis relaciones con el mundo me revela que yo también formo parte del problema. Me doy cuenta, por ejemplo, de que desconfío más de los mejicanos que de los blancos, constato también que soy adicta a un estilo de vida que sólo puede mantenerse a expensasde la gente más pobre del planeta -una situación sostenida, por otra parte, gracias al poder militar- y advierto, que el problema de la polución no está desvinculado de mi despilfarro de los recursos energéticos y lacreación de desperdicios.

De este modo, la línea que antaño me separaba claramente de los malos haterminado esfumándose.Cuando luchaba contra la guerra de Vietnam me molestaba ver a personas vestidas con uniforme militar.Recuerdo que pensaba: «¿Cómo puede este muchacho ser tan estúpido como para ponerse un uniforme?¿Có mo puede ser tan dócil y crédulo como para creerse las historias que cuenta el gobierno sobre Vietnam?»Sólo pensar en los terribles atropellos que, con toda probabilidad, habría cometido en Vietnam me poníanenferma.Años después del final de la guerra, un pequeño grupo de veteranos de Vietnam quiso hacer un retiro ennuestra granja de Watsonville.

Al principio no estaba muy segura de si de bía acceder a su petición perofinalmente accedí. Ese fin de semana escuché a una docena de hombres y mujeres que a su regreso al hogardebieron afrontar el ostracismo al que se les sometió por haber participado en la guerra y se vieron obligadosa luchar de nuevo para poder superar esta experiencia.Contaron cosas terribles sobre lo que habían visto o hecho y otras, en cambio, de las que se sentían orgullosos. Expusieron también las razones que les habían movido a alistarse: su amor a los Estados Unidos, su voluntadde servicio, su valentía y su deseo de llegar a ser héroes. Se daban cuenta también de cómo habían traicionado sus aspiraciones iniciales hasta el punto de llegar a desconfiar de su propio juicio.

Algunos de ellos dudaron incluso de su propia humanidad. Se preguntaban si su participación en la guerra había tenido algún sentido ysi el sacrificio de sus camaradas había servido para algo. Su angustia me dejó tan inerme que, a partir de ese momento, dejé de considerarlos meros agentes del mal. ¿Cómo había llegado a transformar a los militares en mis enemigos? ¿Acaso aquellos vilipendiados soldados me habían proporcionado una coartada para inhibirme de mi propia responsabilidad por lo que mi país había hecho en Vietnam?

¿Acaso mi odio y rigidez me habían impedido comprender cabalmente la complejidad dela situación? Y, lo que es todavía peor, ¿cómo había afectado, en su momento, la estrechez de mi visión a milucha contra la guerra?Hace algunos años, cuando mi hermana pequeña y su ma rido -un joven militar de carrera – vinieron avisitarme me enfrenté de nuevo al reto de tener que ver al ser humano que se hallaba dentro del soldado. Enesa ocasión, mi cuñado me contó que siendo casi un niño -mientras estaba trabajando en una granja en Utah le habían reclutado y adiestrado para ser francotirador.

Una noche, casi al final de su visita, comenzamos a hablar de su trabajo. Aunque mi cuñado había estudiado para trabajar como auxiliar médico todavía cabía la posibilidad de que le requirieran como francotirador.

No me habló mucho sobre ese particular porque era secreto pero creo que, aunque no lo hubiera sido, tampoco hubiera querido hablar sobre el tema. En todo caso, dijo que la misión de un francotirador era la de viajar a unlugar extraño, «eliminar» a alguien y perderse en tre la multitud . Cuando te dan una orden -agregó- no puedes objetarla. Te sientes solo e indefenso. Por eso, en lugar de enfrentarse al ejército y, con ello, a todo el país, había elegido no considerar siquiera la posibilidad dedesobedecer ciertas órdenes. Comprendí entonces que el hecho de sentirse aislado le hiciera imposible seguir su propio código moral hastael punto de desobedecer una orden. Por eso le dije: «Si alguna vez te ordenan algo que crees que no debes hacer llámame de inmediato y encontraré el modo de ayudarte. No estás solo. Conozco a mucha gente que apoyaría con gusto tu decisión».

Entonces, mi hermana nos miró con los ojos anegados de lágrimas.¿Cómo aprendemos a quién debemos amar u odiar? A lo largo de mi breve existencia los enemigos nacionales de los Estados Unidos han cambiado en varias ocasiones.

Nuestros adversario s de la Segunda Guerra Mundial -los japoneses y los alemanes- se han convertido en nuestros aliados. La enemistad de los rusos, por su parte,ha sido proverbial aunque también ha habido breves períodos de tiempo en los que las relaciones hanmejorado. Los norvietnamitas, los cubanos y los chinos también han cumplido con su papel. Así pues, sitantos países pueden provocar nuestra ira nacional, ¿cómo podemos elegir entre ellos?¿Cómo elegimos a nuestros enemigos personales? ¿Seguimos acaso las advertencias de nuestros dirigentes, de los líderes religiosos, de los maestros de escuela, de los periódicos, de la televisión? ¿Odiamos a los enemigosde nuestros padres como parte de nuestra identidad familiar o se trata acaso de los enemigos de la subcultura odel grupo con el que nos identificamos?¿A qué intereses políticos y económicos sirve nuestra mentalidad hostil?En una conferencia sobre el holocausto y el genocidio conocí a una persona que me enseñó que -aun en lascircunstancias más extremas- no hay motivo para odiar a nuestros enemigos. Mientras me hallaba sentada enel vestíbulo de un hotel después de una conferencia sobre el holocausto nazi entablé una conversación conHelen Waterford.

Cuando me enteré de que era una superviviente de Auschwitz le expresé mi repulsa hacialos nazis (aunque creo que sólo estaba tratando de demostrarle que yo estaba en el bando de los buenos).Cuando me dijo «¿Sabes? Yo no odio a los nazis» me quedé boquiabierta. ¿Cómo podía no odiar a los nazisalguien que había sobrevivido a un campo de concentración?Supe, entonces, que Helen charlaba periódicamente con un antiguo líder de las Juventudes Hitlerianas.

Hablaban de lo terrible que había sido el fascismo tanto desde dentro como desde fuera de él. Fascinada por eltema me quedé charlando con Helen para aprender tanto como pudiera.En 1980, Helen se sintió intrigada por un artículo que leyó en un períodico en el que el autor, Alfons Heck, describía su infancia y adolescencia en la Alemania nazi. Siendo un niño el sacerdote de la escuela católica ala que acudía le saludaba con un «¡Heil Hitler!» al que seguía un «Buenos días» y «En el nombre del Padre,del Hijo y del Espíritu Santo…». De este modo, Hitler ocupaba, en la mente de Heck, un lugar más elevadoque Dios. A los diez años ingresó como voluntario en las Juventudes Hitlerianas y en 1944, cuando apenashabía cumplido los dieciséis , escuchó por primera vez que los nazis estaban asesinando sistemáticamente a losjudíos y no pudo creérselo. Poco a poco, sin embargo, llegó al convencimiento de que efectivamente habíasido cómplice de un genocidio.La sinceridad de Heck impresionó tanto a Helen que hizo todo lo posible por conocerle.

Descubrió que se trataba de una persona tierna, inteligente y afectuosa. Helen estaba dando conferencias públicas sobre susexperiencias del holocausto y pidió a Heck que compartiera con ella el estrado en una próxima conferenciaante un grupo de cuatrocientos maestros de escuela. Elaboraron así una charla en la que cada uno de ellosexpuso cronológicamente su historia personal durante el período nazi.Helen contó que, en 1934, a los veinticinco años de edad, se había visto obligada a abandonar Frankfurt. Ellay su marido, un contable que había perdido el trabajo cuando los nazis alcanzaron el poder, tuvieron queescapar a Holanda. Allí colaboraron con la resistencia y Helen dio a luz a una niña. Sin embargo, en 1940 losnazis invadieron Holanda y, a partir de 1942, tuvieron que vivir en la clandestinidad. Dos años más tardefueron descubiertos y enviados a Auschwitz. Su hija se quedó con unos amigos de la Resistencia y su maridoterminó sus días en el campo de concentración.

La primera conferencia conjunta fue tan bien que decidieron seguir trabajando en equipo. En cierta ocasión,en una conferencia que realizaron ante un auditorio de ochocientos estudiantes de enseñanza superior lepreguntaron a Heck: «Si le hubieran ordenado disparar contra algún judío, ¿lo hubiera hecho?». El públicocomenzó a silbar. Heck tragó saliva y respondió: «Sí. Lo hubiera hecho. Obedecía ordenes». Luego,volviéndose hacia Helen le pidió disculpas diciendo que no había querido molestarla. Ella replicó entonces:«Me alegro de que hayas respondido sinceramente. De lo contrario no hubiera podido volver a confiar en ti».Heck tiene que enfrentarse una y otra vez ante quienes piensan que «quien una vez fue nazi seguirá siéndolo durante toda la vida».

La gente le responde: «Hablas muy bien pero no creemos lo que nos dices. Es muydifícil dejar de creer en algo en que has creído». Heck explica pacientemente una y otra vez que pasaronmuchos años antes de que pudiera reconocer que había sido educado en la mentira. Por otra parte, losneonazis le llaman por teléfono a altas horas de la madrugada y lo amenazan de mu erte: «Aún no te hemoscogido, traidor, pero no tardaremos en terminar contigo».¿Qué sentía Helen en Auschwitz hacia los nazis? «No me gustaban pero no puedo decir que deseara matarlos.Nunca lo sentí así. Creo que no soy una persona rencorosa». Por otra parte, Helen se ve frecuentementehostigada por los mismos judíos que la censuran por no odiar, por no desear la venganza. «Es imposible queno les odies» -le dicen.En las conferencias sobre el holocausto y el genocidio y en las conversaciones posteriores que he sostenidocon He len he tratado de comprender qué es lo que le ha permitido ser tan objetiva y no acabar culpando alpueblo alemán por el holocausto, por su sufrimiento y por la muerte de su esposo y he llegado a la conclusiónde que la respuesta radica en su apasionado estudio de la historia.

La mayoría de las personas cree que la única explicación posible del holocausto nazi es que fue la obra de unloco pero, en opinión de Helen, ese tipo de conclusiones nos impide pensar que cada uno de nosotrospodemos vemos implicados en un holocausto. La valoración de la salud mental de Hitler -afirma- importamenos que el examen minucioso de las fuerzas históricas y del modo en que Hitler las manipuló.«A medida que se acercaba la guerra -me dijo Helen- comencé a leer e informarme de todo lo que habíaocurrido des de 1933, cuando mi visión del mundo se colapsó. Leía continuamente. ¿Cómo había podidodesarrollarse “el estado de las S.S.”? ¿Cuál fue el papel desempeñado por la Gran Bretaña, Hungría,Yugoslavia, los Estados Unidos y Francia? ¿Qué es lo que había propiciado el holocausto? ¿Cuáles fueron lospasos concretos que lo permitieron? ¿Qué es lo que buscan las personas cuando participan en movimientosfanáticos? Creo que éste es el tipo de preguntas que seguiré haciéndome hasta el fin de mis días».

Quienes trabajamos por el cambio social tendemos a considerar a nuestros adversarios como enemigos, aestimarlos indignos de nuestra confianza, a sospechar de ellos y a cre er que son moralmente inferiores anosotros. Saul Alinsky, un brillante sociólogo, explicó las razones de esta polarización del siguiente modo.

Uno sólo actúa de manera resuelta cuando tiene la convic ción de que los ángeles están de su parte y los demonios se hallan entre las filas del enemigo. Un líder puede dudar a la hora detomar una decisión y sopesar una y otra vez las virtudes y los defectos de una determinada situación que es, por así decirlo, un cincuenta y dos por ciento positiva y un cuarenta y ochopor ciento negativa. Pero una vez que ha tomado una decisión debe actuar como si su causafuera un cien por cien positiva y la del contrario, en cambio, fuera cien por cien negativa…

Durante la disputa que sostuvimos [en Chicago] con el inspector general de enseñanza media, muchos liberales nos decían que, después de todo, no era malo al cien por cien, yaque iba regularmente a misa, era un buen padre de familia y se mostraba bastante generosoen sus obras de caridad. ¿Os imagináis en medio de un conflicto diciendo que Fulanito esun bastardo y un racista y tra tando de aligerar después el impacto de vuestras palabras matizandosus extraordinarias virtudes? Políticamente hablando eso sería una estupidez.Sin embargo, la demonización de nuestros adversarios tiene un coste enorme ya que constituye una estrategiaque asume y perpetúa tácitamente nuestra peligrosa mentalidad hostil. En lugar de prestar una atención exclusiva al cincuenta y dos por ciento de «maldad» que hay en mi adversario debería atender al otro cuarenta y ocho por ciento y partir de la premisa de que en cada adversario tengo en realidad un aliado que puede permanecer en silencio, vacilar u ocultarse a mi mirada. Quizás no se amás que el sentimiento de ambivalencia que tiene respecto a las partes moralmente reprobables de su personalidad o de su trabajo.

Sin embargo, ese tipo de dudas raramente tienen la oportunidad de manifestarse debido a la influencia abrumadora de la presión del contexto social en el que nos encontramos y lo mismo ocurre con mi capacidad para ser su aliado. En 1970, cuando todavía no había terminado la guerra de Vietnam,un grupo de personas pasamos el verano en Long Beach, California, organizando protestas contra una fábricade napalm. Se trataba de una fábrica pequeña cuya única función era la de mezclar los elementos químicos yponer el napalm en las carcasas. Pocos meses atrás, una explosión accidental había arrojado fragmentos denapalm a las casas y los campos del vecindario. Ese incidente trajo, en un sentido bastante literal, la guerra a casa y movilizó a todos los opositores a la guerra de la comunidad. A petición suya nos desplazamos parareforzar y trabajar con el grupo local. Juntos organizamos una gira con proyección de diapositivas sobre elcomplejo militar dirigida a los líderes de la comunidad y enviamos piquetes a la fábrica. Tambiénconseguimos una entrevista con el presidente del consejo de administración.Durante tres semanas nos dedicamos a preparar esta entrevista, estudiamos detenidamente el holding, susituación financiera, si había algún proceso jurídico pendiente sobre su presidente y nos informamos todo loque pudimos sobre su vida personal, su familia, su iglesia, su club, sus hobbys, etcétera.

También analizamos minuciosamente su fotografía y pensamos seriamente tanto en las personas a las que amaba como en laspersonas que le amaban tratando de comprender su visión del mundo y el contexto en el que se movía. Discutimos mucho sobre lo enfadados que estábamos con él por la parte que le correspondía en la mu erte ymutila ción de niños en Vietnam. Pero por más que el odio nos ayudaba a sostener firmemente nuestradecisión llegamos a la conclusión de que manifestárselo así no haría más que ponerle a la defensiva y reduciría, por tanto, la eficacia de nuestra acción.Tras estos preparativos, cuando llegó el momento en que tres de nosotros fuimos a visitarle ya no se trataba deun extraño.

No le culpamos personalmente ni tampoco atacamos a su corporación. Simplemente le pedimosque cerrara la planta, no renovara su contrato con el gobierno y pensara en las consecuencias que se derivabande las actividades de su fábrica. Le dijimos también que conocíamos los puntos débiles de su corporación (poseía una cadena de moteles que podían ser boicoteados) y añadimos que seguiríamos trabajandoestratégicamente para obligar a su compañía a abandonar el negocio de abrasar a las personas. También hablamos de otros contratos similares de la compañía. No bastaba con cambiar una pequeña parte de lasfunciones de la corporación y para ello sacamos a relucir el tema de la dependencia económica de la fábricacon el negocio de las municiones y la guerra.Nuestro principal interés era que nos viera como personas similares a él. Si nos hubiéramos presentado comoun grupo de radicales apasionados casi le hubiéramos obligado a rechazar nuestras demandas. Asumimos,pues, que él ya cargaba con sus propias dudas y consideramos que nuestro papel era el de prestarle nuestravoz.

Nuestro objetivo, por tanto, fue el de infiltrarnos -a nosotros y a nuestro punto de vista- en su contexto detal modo que pudiera recordarnos y tener en cuenta nuestra postura a la hora de tomar decisiones.Cuando dos meses más tarde llegó el momento de renovar el contrato su compañía no pujó por él.Pero trabaja r a favor del cambio social sin apoyarse en el concepto de enemigo suscita problemas prácticosconcretos. ¿Qué debemos hacer, por ejemplo, con todo el odio que estamos acostumbrados a descargar sobrenuestros enemigos? ¿Es posible odiar acciones y políticas sin odiar a quienes los representan? ¿Acaso nominará nuestra determinación la empatía con aquellos que representan las acciones a las que nos oponemos?

No me engaño a mí misma creyendo que todo funcionará a la perfección si nos amigamos con nuestros adversarios. Reconozco que ciertos estrategas militares toman decisiones que nos ponen en peligro a todosnosotros. Sé también que algunos oficiales de policía desean mostrar su hombría cuando arrestan a alguien.Sin embargo, tratar a nuestros enemigos como aliados potenciales no implica necesariamente aceptar irracionalmente todas sus acciones. Nuestro desafío consiste en invocar a la humanidad que habita en elinterior de cada uno de nuestros adversarios y en ampliar el rango de respuestas posibles. Ojalá hallemos un camino entre el cinismo y la ingenuidad.

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  1. Es un tema muy amplio y hay muchas cosas, pero bueno, comentemos algo.

    Creo que algunas de las cosas que dice el texto son bastante peligrosas. Pero concuerdo con el final. Describo:

    Comenta que “antes, hubo un tiempo en donde manifestarse la hacía sentir una buena chica”. Ahora, que se dio cuenta que “también es parte del problema” puede ver que “la línea que me separa de los malos se esfumó”.

    Esto forma parte del discurso new age de que “todos somos responsables”. Como si, por ejemplo, el desastre ecológico que la humanidad genera es responsabilidad de “la humanidad”, porque cada uno aporta tirando un papelito de alfajor en la calle. Somos tan responsables como los directivos de las grandes industrias que contaminan los ríos diariamente. Según se desprende de este discurso, si bien la mitad de la población mundial vive con menos de 2 dólares por día, esa misma gente también es “responsable” del desastre ecológico, de las guerras, y hasta de su propia hambruna. Señalar que todos, por definición, somos también parte del problema, es evitar hablar de los factores de poder que existen y determinan el estado de las cosas, tipos y grupos muy concretos que son los verdaderos responsables de la mayoría de las injusticias de la humanidad. La responsabilidad, según mi entender, debe medirse en función del poder que cada uno tiene para influir sobre la realidad, y este poder es absolutamente asimétrico. La mayoría de las personas del mundo son simplemente víctimas, dado que este sistema está configurado de tal forma que te sea prácticamente imposible tomar grandes decisiones.

    Luego, me parece bizarro que caracterice a “los malos” como tipos que sistemáticamente tienen buenas intenciones. Es así como el soldado yankee que acribilla en Irak es en realidad un tipo que se metió en la guerra “por amor a su país”, por sentimientos nobles. Después, generalizando tremendamente, pareciera que todos se dan cuenta de su error y rectifican su camino.

    Es por eso que concluye:

    “Su angustia me dejó tan inerme que, a partir de ese momento, dejé de considerarlos meros agentes del mal. ¿Cómo había llegado a transformar a los militares en mis enemigos?”

    Continuando con la misma línea aduce que los miembros de las juventudes hitlerianas fueron pobres pibes engañados. Por eso luego descubre que se tratan en realidad de personas “tiernas, inteligentes y afectuosas”.

    Es decir, no hay tipos hijos de puta. Son todos engañados. Ninguno se mueve por sentimientos egoístas, como puede ser el afán de lucro a expensas de la muerte. No.

    El colmo de la ingenuidad llega con la anécdota de la fábrica de Napalm. Pensar que se puede ir a hablar con los señores de la guerra y convencerlos de que lo que hacen está mal, y que se conviertan en nuestros aliados en la búsqueda de la paz mundial.

    En síntesis, parte de la premisa de que todos están engañados, y hay un corazón puro y noble dentro de cada uno de los hijos de puta que exterminan a la humanidad. Hay que ponerse las pilas para convencerlos y despertar su bondad para que el mundo cambie. Quizás, si lo hacemos, los que venden armas empiecen a vender flores. Es un discurso que, si bien parte de una premisa a mi entender cierta (todos tenemos el potencial de tener pensamientos y acciones nobles) yerra el camino, puesto que la solución no es convertir a los “malos” en “buenos”… el problema es de fondo, y la solución, también lo es.

    Lo que sí acuerdo es con lo siguiente:

    “Pero por más que el odio nos ayudaba a sostener firmemente nuestra decisión llegamos a la conclusión de que manifestárselo así no haría más que ponerle a la defensiva y reduciría, por tanto, la eficacia de nuestra acción”

    Reconozco que, en ciertos casos, sobre todo de gente que no tiene poder, aunque expresen atrocidades ideológicas y humanas, se puede debatir y en ese caso, el arte del convencimiento indica que lo mejor es no confrontar y es justamente por eso que hay que dominar el odio. Despersonalizarlo diría yo.

    Por eso, también estoy de acuerdo con esto:

    “¿Es posible odiar acciones y políticas sin odiar a quienes los representan? ¿Acaso nominará nuestra determinación la empatía con aquellos que representan las acciones a las que nos oponemos?”

    Aunque, cabe decir, dejar de odiarlos no implica dejar de luchar contra ellos. Odiás lo que representan.

  2. Es un tema muy amplio y hay muchas cosas, pero bueno, comentemos algo.

    Creo que algunas de las cosas que dice el texto son bastante peligrosas. Pero concuerdo con el final. Describo:

    Comenta que “antes, hubo un tiempo en donde manifestarse la hacía sentir una buena chica”. Ahora, que se dio cuenta que “también es parte del problema” puede ver que “la línea que me separa de los malos se esfumó”.

    Esto forma parte del discurso new age de que “todos somos responsables”. Como si, por ejemplo, el desastre ecológico que la humanidad genera es responsabilidad de “la humanidad”, porque cada uno aporta tirando un papelito de alfajor en la calle. Somos tan responsables como los directivos de las grandes industrias que contaminan los ríos diariamente. Según se desprende de este discurso, si bien la mitad de la población mundial vive con menos de 2 dólares por día, esa misma gente también es “responsable” del desastre ecológico, de las guerras, y hasta de su propia hambruna. Señalar que todos, por definición, somos también parte del problema, es evitar hablar de los factores de poder que existen y determinan el estado de las cosas, tipos y grupos muy concretos que son los verdaderos responsables de la mayoría de las injusticias de la humanidad. La responsabilidad, según mi entender, debe medirse en función del poder que cada uno tiene para influir sobre la realidad, y este poder es absolutamente asimétrico. La mayoría de las personas del mundo son simplemente víctimas, dado que este sistema está configurado de tal forma que te sea prácticamente imposible tomar grandes decisiones.

    Luego, me parece bizarro que caracterice a “los malos” como tipos que sistemáticamente tienen buenas intenciones. Es así como el soldado yankee que acribilla en Irak es en realidad un tipo que se metió en la guerra “por amor a su país”, por sentimientos nobles. Después, generalizando tremendamente, pareciera que todos se dan cuenta de su error y rectifican su camino.

    Es por eso que concluye:

    “Su angustia me dejó tan inerme que, a partir de ese momento, dejé de considerarlos meros agentes del mal. ¿Cómo había llegado a transformar a los militares en mis enemigos?”

    Continuando con la misma línea aduce que los miembros de las juventudes hitlerianas fueron pobres pibes engañados. Por eso luego descubre que se tratan en realidad de personas “tiernas, inteligentes y afectuosas”.

    Es decir, no hay tipos hijos de puta. Son todos engañados. Ninguno se mueve por sentimientos egoístas, como puede ser el afán de lucro a expensas de la muerte. No.

    El colmo de la ingenuidad llega con la anécdota de la fábrica de Napalm. Pensar que se puede ir a hablar con los señores de la guerra y convencerlos de que lo que hacen está mal, y que se conviertan en nuestros aliados en la búsqueda de la paz mundial.

    En síntesis, parte de la premisa de que todos están engañados, y hay un corazón puro y noble dentro de cada uno de los hijos de puta que exterminan a la humanidad. Hay que ponerse las pilas para convencerlos y despertar su bondad para que el mundo cambie. Quizás, si lo hacemos, los que venden armas empiecen a vender flores. Es un discurso que, si bien parte de una premisa a mi entender cierta (todos tenemos el potencial de tener pensamientos y acciones nobles) yerra el camino, puesto que la solución no es convertir a los “malos” en “buenos”… el problema es de fondo, y la solución, también lo es.

    Lo que sí acuerdo es con lo siguiente:

    “Pero por más que el odio nos ayudaba a sostener firmemente nuestra decisión llegamos a la conclusión de que manifestárselo así no haría más que ponerle a la defensiva y reduciría, por tanto, la eficacia de nuestra acción”

    Reconozco que, en ciertos casos, sobre todo de gente que no tiene poder, aunque expresen atrocidades ideológicas y humanas, se puede debatir y en ese caso, el arte del convencimiento indica que lo mejor es no confrontar y es justamente por eso que hay que dominar el odio. Despersonalizarlo diría yo.

    Por eso, también estoy de acuerdo con esto:

    “¿Es posible odiar acciones y políticas sin odiar a quienes los representan? ¿Acaso nominará nuestra determinación la empatía con aquellos que representan las acciones a las que nos oponemos?”

    Aunque, cabe decir, dejar de odiarlos no implica dejar de luchar contra ellos. Odiás lo que representan

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