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Recordando a Borges: “América Latina no existe” y “somos europeos en el destierro”

Transcribimos 2 entrevistas que reflejan fielmente el pensamiento político de Borges, que es parte de la cultura heredada y que hoy por hoy sigue lamentablemente muy presente. En contraposición con una idea de busqueda de la unidad latinoamericana levanta la idea del “ciudadano del mundo”, anulando de ese modo cualquier tipo de construcción de identidad común. Una revisión al menos liviana de la historia nos demuestra que los procesos de cada uno de los países latinoamericanos van de la mano. Expresiones como las que siguen, reflejos antiguos de cuestiones actuales, nos ayudan a explicar los orígenes del gran virus mental del cipayismo.

 

A las diez en punto, en buen traje, con buena lavanda, Borges entra en escena. A medias apoyado en Fany (en la vida de Borges y en la mitología de las letras argentinas ella es lo que Celeste Albaret fue para Proust y para las letras francesas), a medias apoyado en uno de los bastones preferidos (ambos de pastor, irlandés uno, egipcio el otro), Borges ocupará un sillón. Está Bepo, el gato blanco y perezoso que ya cumplió siete años y no hace mucho —informa Fany— “estuvo a la muerte, en terapia intensiva”. Están las obras completas de Rudyard Kipling, la “desparramada enciclopedia Espasa”, una vieja edición de la Británica, comprada de segunda mano con 300 de los tres mil pesos ganados con el Premio Municipal, las dos ediciones de la Brockhaus, la Enciclopedia Europea de Garzanti, y la madre de todas ellas: la Historia Natural de Plinio. Están los muebles sensatos y las mínimas concesiones decorativas —los poquísimos cuadros, la platería—. Está el apretón de manos y las inquisiciones primeras de Borges, invariables: ¿Quién es usted? ¿Usted quería preguntarme algo? . . Ahí —exactamente ahí— empieza un viaje que lleva al buen sentido, a la inteligencia y al humor entre los meandros de variadas disgresiones. Es el mismo Borges —todos los Borges— que practica la politesse y maneja la socarronería. El que sobrevuela cualquier agresión personal de derechas e izquierdas escandalizadas por su universalismo de buen cuño. El que no deja pasar una
cuando se trata de defender lo que cree y lo que ama: la literatura, la civilización. Ese es el Borges —todos los Borges— que SOMOS encontró.
—Hablemos de Latinoamérica, que se prefigura como uno de los grandes temas del’85.
—No tengo autoridad para opinar sobre eso. Y no quiero fomentar esos temas porque es insistir en supuestas diferencias. Creo que todos los americanos, del Norte o del Sur, Emerson o Lugones, somos todos europeos en el destierro, ya que nuestra cultura es europea fundamentalmente. Somos inconcebibles sin Europa. Y la prueba de ello es que usted y yo estamos conversando en un ilustre dialecto del latín que se llama castellano, y los Estados Unidos hablan inglés, que no es precisamente un dialecto de los pieles rojas. Creo también que podemos ser mejores europeos que los que han nacido en Europa porque no debemos lealtad especial a ninguna de sus regiones, sino a todas, y podemos sentirnos como buenos herederos de Occidente. Y Occidente, según sabemos, está hecho del diálogo de Atenas e Israel, que es Oriente.
He viajado —sólo a los países donde me invitan porque no tengo medios para viajar por cuenta propia— y recorriendo América del Sur he comprobado que Buenos Aires es para mucha gente lo que París fue para nosotros y desgraciadamente ha dejado de ser. . . Es una lástima que Europa haya perdido la hegemonía. Desde luego, entre los Estados Unidos y la Unión Soviética, elijo los Estados Unidos. Pero sería mejor que Europa siguiera rigiendo el mundo. . .
—¿Sería más tranquilizador?
—Sí. Porque es la gente de cultura más antigua. En Estados Unidos, ¿cuál es la región que realmente produce más? New England, que ha lanzado a Emerson, Poe, Henry James. . .
—Emily Dickinson. . .
—Silvina Ocampo la está traduciendo. Debe ser muy difícil, ¿no? Hay una línea lindísima en un poema: This quiet dust was gentlemen and ladies (este tranquilo polvo fue señores y señoras). La idea es trivial: todos seremos polvo, pero está tan bien dicha.
—Yo leí algunos de esos poemas traducidos por Silvina, son muy bellos.
—Es que Silvina es una escritora maravillosa, que ha tenido la mala suerte de llamarse Ocampo, porque la gente la ve en función de su hermana, Victoria, que no es una escritora genial.
Si se hubiera llamado Gómez o López sería famosa.
—Silvina, Bioy, usted son escritores muy argentinos y a la vez muy universales. Eso se integra con una de sus aspiraciones: ser a la manera de los estoicos, un ciudadano del mundo.
—Es que yo creo que la división del planeta en países ha sido nefasta. Casi todas las guerras se deben a eso. Será cuestión de esperar poco tiempo (históricamente, claro), unos 300 años. Los imperios sin proponérselo y sin saberlo —hablo de la Unión Soviética, de los Estados Unidos— están preparando el camino para la ciudadanía planetaria.
—¿Le parece que en literatura ya hay ciudadanos del mundo?
—Sí. Todos lo somos. El arte, la filosofía, la literatura yan han llegado a eso. Somos lectores universales en la medida de nuestros conocimientos. Y la ciencia también es internacional —invenciones como la computadora o el teléfono se usan en todas partes y a nadie le interesa saber dónde se originaron—. Pasa con el cinematógrafo y con los deplorables best-sellers: si un filme o un libro tienen éxito en Nueva York lo tendrán en el mundo entero. Y hay una ciudadanía planetaria. Falta que se dé en la política, que está siempre atrasada y que es lo menos importante que puede haber, tal vez.
—¿Qué piensa de la integración de Argentina en Latinoamérica?
—Un error, porque precisamente nuestro rasgo diferencial es el cosmopolitismo. En todas partes de América del Sur usted ve gente de origen español, indígena, y un poco menos, africano. Acá en cambio la mitad de la población tiene apellido italiano. Y yo a veces pienso que soy un gringo porque no me llamo Ortelli. Afortunadamente, un sobrino mío, genealogista, ha logrado descubrirme un antepasado italiano, un soldado que sirvió bajo las órdenes de Mendoza en la primera fundación de Buenos Aires.
—¿Qué opina de la supuesta pertenencia de la Argentina al Tercer Mundo?
—No sé muy bien qué es el Tercer Mundo, no tengo la menor idea.
—Es otra sectorización política. ¿Qué le sugiere?
—Me sugiere algo siniestro. ¿Qué puede sugerirme? Pequeñas, tribus perdidas. Yo creo en un mundo, descreo en la trinidad. Ya tener que aguantar uno es bastante pesado. Que hubiera tres. . . es demasiado, un exceso. Tercer Mundo, qué triste, ¿no? Deben ser países tan subalternos. . . Pero debe ser una denominación que responde a fines políticos. Desdichadamente estamos tendiendo a eso, al regionalismo. En las universidades iban a suspender el estudio obligatorio de las literaturas extranjeras. . .
—Usted publicó una carta de protesta, con el título de La cultura en peligro.
—Sí. Un título un tanto cacofónico. Yo había pensado en Las letras en peligro, para evitar la sinalefa, pero quizás a la gente le interesa más la cultura, siquiera nominalmente, que las letras, que son un tema especial: las letras están incluidas en la cultura y no viceversa. En esta carta decía que si el folklore me interesara, lo buscaría en tierras muy antiguas como la India, o primitivas como el Senegal, no en las provincias argentinas de tradición reciente.
-Y remataba con algo muy gracioso: “Me dicen, sin embargo, que gracias a las autoridades el folklore ha llegado a la campaña”.
—Sí, eso quedó muy divertido, ¿no?
—Eso quedó muy gracioso, sí. ¿Quiere que hablemos de literatura latinoamericana, Borges?
—Bueno, quizá la mejor prosa castellana haya sido escrita por un mejicano, Alfonso Reyes. Y he leído Cien años de soledad, de García Márquez, un libro que me conmovió mucho.
—Cuánto de Faulkner que hay en García Márquez. . .
—Pero no está nada mal tener nexos con Faulkner. Toda la literatura está hecha de nexos. Si cada escritor inventara el idioma e inventara las palabras, los géneros, no se podría escribir. Yo tengo nexos con todos los escritores, aun con los que no he leído. ¿Por qué negarse a eso? Además deber algo a alguien es lindo. Yo siento continuamente gratitud. Los sentimientos más comunes en mí son el asombro y la gratitud.
—Esa teoría de los nexos que para nada excluyen la originalidad, es otra forma de afirmar que todo el mundo está vinculado.
—Lo está. De hecho los únicos que no lo reconocen son los políticos, pero no creo que ellos sean la gente más ejemplar del país. Quiero decirle otra cosa: yo no estoy afiliado a ningún partido político y no tengo ninguna ambición política. Si me entregaran, como a mi pariente Rosas, la suma del poder público, yo inmediatamente me volvería a casa, para seguir leyendo. Bueno, leyendo por bocas y ojos ajenos, como los suyos esta mañana. Creo que eso sería lo más provechoso, ¿no? O
Vilma Colina

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 Edit:

Agregamos una nota de Andrés Soliz Rada, en donde citando a Hegel y a Marx, podemos ver que el anti-latinoamericanismo también tiene sus fuentes en la izquierda europea.

 

Hegel, Marx y América Latina

 

 

 

(I) La América Latina de Hegel

  Hegel considera que América es el continente del futuro porque no tiene historia. Y no tiene historia porque no ha participado en la historia, ya que ella, a su juicio, es patrimonio de Europa. En otras palabras, no ha encontrado su destino. Eduardo Mayobre, en su “Introducción a América Latina a través de Jorge Guillermo Federico Hegel (1), recuerda que, para Hegel, América tiene futuro, pero indica que no lo conoce, porque no es profeta. En consecuencia, América está en la prehistoria. América es prehistoria. Es sólo geografía o paisaje.

La prehistoria es el lugar en el que no sucede nada humana o espiritualmente importante para la historia de la humanidad. Sus habitantes son, por ahora, como jabalíes u hormigas. Más adelante, podrán hacer su historia, pero, por ahora, son sólo naturaleza, ya que la naturaleza precede y prepara al Espíritu. En la mezcla de animales y paisaje, fermenta lo humano. El desarrollo universal del Espíritu sólo ha ocurrido en Europa y Asia. América, hasta ahora, no tiene originalidad ni significación histórica. Jorge Abelardo Ramos dice, con su clásico sarcasmo, que sólo en el lenguaje hegeliano es posible admitir la identificación del arcabuz de Pizarro, el cuidador de puercos, con el “espíritu” (2)

Hegel, en su introducción a la “Filosofía de la Historia”, descarta lo que no considera importante. En consecuencia, desecha a América. En palabras de Ernesto Mayz Ballenilla, “América es un no ser. Siempre todavía”. José Ortega y Gasset, al explicar a Hegel, anota que un ser es libre cuando obedece a las leyes. Y esto es imposible sin tener un Estado, del cual se desprende la formación de un gobierno. Para el pensador alemán, lo que existe de humano en América es la emanación de Europa. La población efectiva de América tiene origen europeo. En América importa la población que viene de Europa.

Sin embargo, entre América del Norte y América del Sur (más el Caribe) advierte enormes diferencias. América del norte, puntualiza, es más adelantada porque Europa ha colonizado ese territorio, sin tener que mezclarse con la población indígena, la que se ha desvanecido. Léase ha sido exterminada. En América Latina y el Caribe, se ha producido, después de la conquista (que es diferente a la colonización), una mezcla con la población. El mestizaje hizo que la “emanación europea” sea más dificultosa. En México y Perú, añade Hegel, se han desarrollado culturas nacionales (es decir locales), que debían expirar, como ocurrió al contacto con el Espíritu europeo.

Su ausencia de sindéresis lo lleva a afirmar que los negros fueron traídos a América porque era más fácil asimilarlos a la cultura europea. Dice Ortega y Gasset que Hegel padecía de una especia de “patriotismo protestante”, por eso detestaba el catolicismo, en el que encuentra otra explicación del atraso de América del Sur y el Caribe. Insiste en que del protestantismo emerge el principio de la confianza mutua, lo que no ocurre con el catolicismo. Para que la situación cambie en América del Sur y el Caribe había que humanizar a los indios. Se debía orientarlos y catequizarlos. Había que “encomendarlos” a los europeos. De ahí la institución de la “Encomienda” en la América hispana.

El Bolivar de Marx

La condena de Marx a Bolivar en bien conocida: “Hubiera sido pasarse de la raya querer presentar como Napoleón I al canalla más cobarde, vulgar y miserable. Bolivar es el verdadero Soulouque” (3) Souloque fue un político haitiano de raza negra (1782 – 1867), que se hizo proclamar emperador en 1849, con el nombre de Faustín I y que gobernó de manera despótica durante una década. Marx formula esa explicación por el reclamo que recibió de Charles Dana, quien le había pedido revisar su síntesis biográfica de Bolívar que escribió para la New American Cyclopedia (4).

Marx exhibe en este trabajo sus prejuicios contra Bolívar y el conjunto de los latinoamericanos. Al describir los acontecimientos de 1813, sostiene que las tropas patriotas estaban debilitadas debido a que “tres cuartas partes de su ejército se compone de nativos, que en cada encuentro se pasan al enemigo” Añade que Bolivar, “como la mayoría de sus compatriotas”, es incapaz de todo esfuerzo de largo aliento. Puntualiza que, el 3 de noviembre de 1819, “Bolivar debe hacer frente a un enemigo privado de toda clase de recursos, cuyos efectivos se reducían a 4.500 hombres, las dos terceras partes, además, eran nativos y mal podían, por ende, inspirar confianza a los españoles”. Casi al concluir su esbozo biográfico, anota que los pocos éxitos alcanzados por el ejército (patriota) se debieron a los oficiales británicos.

  Con estos antecedentes hegelianos, Marx no podía admitir que el sub continente engendrara a un genio militar y, más aún, a un Libertador de cinco naciones. En esa línea de pensamiento, Lord Ponsonby, quien con George Caning, consiguió la desmembración de Uruguay de las Provincias Unidas del Río de la Plata, sostuvo que “la raza latina era una forma degenerada de la especie humana” (5). Estos antecedentes llevan a Marx a atribuir sólo a oficiales británicos los éxitos militares de los patriotas.

La animadversión de Marx contra Bolívar tiene tres fuentes: La de historiadores españoles resentidos con el Libertador por la pérdida de las colonias españolas en América del Sur; la de “investigadores” británicos que buscaban opacar a Bolívar para que los lauros de la Guerra de la Independencia sean apropiados por militares ingleses; y el odio a Bolívar de las oligarquías locales, como la de la Lima vidriosa y virreynal (como la llama Pedro Godoy), contra quien había decretado la abolición de la servidumbre de los indígenas en el Perú y su derecho a ser propietarios individuales de tierras. A esta oligarquía no le consolaba el saber que, si se aplicaban los decretos de Trujillo, de 1824, se produciría la liquidación de las tierras de comunidad.

Las fuentes utilizadas por Marx para escribir sobre Bolivar fueron escasas y con prejuicios. De acuerdo al historiador alemán Hans-Joachim Konig, Marx se basó, en gran parte, en la “Historia de Bolivar”, del general Docoudray-Holstein (1831), así como en las “Memorias del General John Miller”, publicadas en Londres, en 1819, quien trabajó después para el gobierno peruano. La escasa diligencia de Marx en el presente caso (ya que es conocida su probidad y cuidado con el que escribió sus obras), es más notoria aún al constatarse que trabajó en el British Museum, de Londres, en cuyos anaqueles se hallaban obras de J.P. Hamilton y R.L. Vowell, publicadas en 1827 y 1831, respectivamente, en las que la figura de Bolivar es mostrada en una dimensión distinta y que, al parecer, no las consultó (6).

En estos tiempos en que se habla mucho de “integración” conviene recordar los prejuicios hegelianos de europeos y norteamericano. Sin embargo, más importante que lo anterior es erradicar nuestros propios prejuicios ideológicos, los que salen a relucir cada vez que se formulan planteamientos integradores con las transnacionales dentro de nuestras economías. La retórica integradora (tipo MERCOSUR) será tan ineficaz, como siempre, en tanto nuestros estados nacionales no controlen los recursos estratégicos. Mientras ello no ocurra, Hegel y Marx continuarán sonriendo desde ultratumba al ver los vanos esfuerzos integradores de hormigas o jabalíes. 1.- ConcienciACTIVA 21, Número 18. Octubre 2007

2.- Jorge Abelardo Ramos: “Historia de la Nación Latinoamericana”. Tomo I. Página 43

A. Peña Lillo, Editores. Segunda Edición. Agosto, 1973

3. – Carlos M. Ayala Corao: “Marx y Bolivar”. Periódico “El Universal”, de Caracas.- 01-07-01)

4.- Carlos Marx: “Bolivar y Ponte”: Artículo publicado en el tomo III de The New American Cyclopedia. Escrito en enero de 1858. Apareció en la edición alemana de MEW, t. XIV, pp. 217-231. Digitalizado para MIA-Sección en Español por Juan R. Fajardo, y trascrito a HTML por Juan R. Fajardo, febrero de 1999.

5.- Ramos: (Ob. Cit.) Tomo I. Página 266

6.- Ramón E. Azocar: “Bolívar visto por Marx”. Analítica.com. Venezuela. 8 de Septiembre de 2005).

 

 

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