Un enemigo diario, por Martín Caparrós.

2 nov, 2011

El filosofo y pensador analiza las construcciones sociales de los enemigos políticos.

Hubo tiempos en que llamar “populista” a un político o a un grupo político era un insulto. Populista era lo contrario de popular, de socialista, de revolucionario, y recuerdo discusiones que terminaban de muy mala manera porque uno de los bandos en disputa le lanzaba la palabrita al otro. Pero lo mismo pasaba cuando un hincha de Boca le decía gashina a uno de River, o uno de River bostero a uno de Boca –y ahora los de Boca se llaman a sí mismos bosteros, los de River gashinas. Alguna vez habrá que indagar en ese mecanismo. Según la misma lógica –aunque con muchos más firuletes– hay politólogos que se dicen populistas y reivindican como populismo a las opciones que encabezan ciertos líderes latinoamericanos: Chávez, Correa, Morales, Kirchner. El más conocido es un  Ernesto Laclau, autor de La razón populista.

Estos populismos comparten, según sus relatores, ciertas estrategias: una de ellas es la construcción y utilización del enemigo. Hay que armarse un buen enemigo, porque un enemigo sirve para muchas cosas: produce identidad –nosotros somos los que nos peleamos contra ésos–, produce cohesión –nosotros estamos peleando contra ésos así que no vamos a discutir entre nosotros–, produce un orden –aquí estamos nosotros, allá ellos. Así que buena parte de la astucia de un proyecto consiste en saber hacerse su enemigo. El peronismo de los doctores Kirchner dio con uno que ni pintado.

Tardó, pero era previsible. El gobierno de los doctores siempre tuvo una fijación con la prensa. Empezó siendo casi simpático: no había periodista político que no se sintiera halagado cuando un ministro o el propio presidente lo llamaban para comentarle sus dichos con todo pormenor. Desde el principio el gobierno peronista tuvo muy claro que, ya que no pensaba –o podía– cambiar nada serio, necesitaba dar esa impresión con su discurso. Para eso tenía que manejar ese terreno; por eso el presidente Kirchner decidió asociarse con el grupo Clarín: durante todo su mandato fue su aliado más íntimo, le dio las exclusivas más importantes y los negocios más pingües. Hasta que un día, ya en 2008, el doctor, veloz cual garrapata, de pronto descubrió lo que todos sabíamos: que el diario Clarín había acompañado a la dictadura militar, que tenía una posición demasiado dominante en la cultura y el mercado argentinos, que compartía un cuasimonopolio del papel prensa con La Nación y el Estado nacional y que a veces, como decían los manifestantes de 2001, “nos mean y Clarín dice que llueve”. Entonces, movido por sus principios irrenunciables, lo sindicó como su enemigo principal y se lanzó a la lid. “Clarín es el verdadero líder de la oposición”, decía –con lo cual denigraba al medio y a los partidos con el mismo golpe.

Su primera medida, tras los improperios, fue resucitar un proyecto de ley de Medios que llevaba años dando vueltas sin que nadie le hiciera mucho caso. La ley de Medios tenía mucho potencial democratizador y también tuvo el apoyo de grupos no kirchneristas. Era –y es– cierto que en nuestros países la libertad de expresión es una fórmula para disimular que son unos pocos ricos los que la controlan; somos muchos los que apoyamos los intentos de ampliarla.

(Yo apoyé esa ley de Medios. Esto no le importa a nadie, pero lo cito porque es un ejemplo de mis problemas –y los de muchos otros– con el kirchnerismo: a menudo estoy de acuerdo con lo que dicen; el problema es que después hacen cualquier otra cosa. La ley de Medios terminó convirtiéndose en un paradigma de ese mecanismo. Se supone que la promulgaron para “ampliar la libertad de expresión y la democratización del acceso a los medios”; por ahora los medios públicos –los que ya están en condiciones de ampliar esa libertad y esa democracia– se han vuelto cada vez más restrictivos, más sectarios: sólo tienen lugar para su propia propaganda.)

El gobierno siguió agregando a esos medios oficiales una red siempre creciente de medios oficialistas. El mecanismo es simple: la publicidad estatal, que debería ser atribuida según criterios claros y equitativos, va casi toda a las empresas amigas –y las mantiene cual francesas. Con lo cual el peronismo kirchnerista ya maneja varios canales de televisión, varias radios, varios diarios y revistas, y dale que te pego. Y, sin embargo, tiene la habilidad de seguir quejándose de un “monopolio informativo” que sólo sobrevive en su discurso. Pero que le sirve para presentarse como víctima y, sobre todo, para seguir teniendo un enemigo. Si tener un enemigo es útil, tener de enemigo a cierta prensa es más que útil.

Para empezar, porque los medios son enemigos muy baratos. Otros enemigos que podrían servir para legitimar el discurso populista serían mucho más caros. Si el gobierno se peleara, un suponer, contra las petroleras extranjeras –cuyos contratos leoninos prorroga sin pudor–, a los cinco días no habría más combustible en las estaciones de servicio, a los diez días no habría más alimentos en las góndolas, a los quince no habría más país –o habría otro país. En cambio pelearse sin cuartel con un par de diarios puede parecer arduo y heroico, pero no produce demasiados efectos en las vidas.

Y, además, le permite desdeñar los hechos que le molestan: si un juez de la Suprema Corte alquila sus departamentos para que funcionen prostíbulos, el gobierno dice que la información es un “linchamiento mediático”; si los fondos públicos que le dio a las Madres de Plaza de Mayo para hacer vivienda social terminan en yates y mansiones, dice que “la corporación va por los pañuelos” (blancos de las Madres). Y así de seguido: se puede hacer casi cualquier cosa, porque los que cuentan esas cosas son descalificados de antemano; entonces, todo lo que dicen es falso porque lo dicen ellos.

Lo cual se consigue con campañas muy bien organizadas, que tienen su centro en la televisión pública y su circunferencia en todas partes –incluída la brigada de cybermilitantes rentados que trabajan de insultar en diarios, blogs y foros. Todos ellos se dirigen, obvio, a ciertos periodistas, los críticos de pelajes diversos. Muchos merecen críticas: yo estoy de acuerdo con unos pocos, bastante en desacuerdo con la mayoría. Pero nunca puedo acordar con la forma en que los oficialistas los enfrentan. Los comentarios que suelen aparecer en este blog son una muestra de esa forma de confrontar basada en el insulto, en el ataque personal, en la amenaza.

Son intentos de anular al mensajero. Y sin mensajeros no hay mensaje. O hay, cada vez más, un solo mensaje repetido, pobre, vano.

Un enemigo diario

You may also like...