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“Volvete a tu país. Te voy a violar a vos y a todas”

Por Danny Ramírez Avérdiz

Salvo ciertas excepciones, el votante argentino que optó por Macri, no sólo lo eligió a él. Eligió a un proyecto, uno que coincide, lamentablemente, con el racismo, el clasismo, el patriarcado, la negación pormenorizada del pasado dictatorial y la puesta en duda del discurso y la práctica institucional recientes basada en los derechos humanos.

Ahora que este proyecto está en el poder y que Macri lo personaliza, esa parte de la sociedad que lo votó se siente legitimada para hacer una exaltada catarsis de sus prejuicios. Esto es tan incoherente, confuso y contradictorio en el contexto de un país que se asume a sí mismo como una república que, en esencia es la administración de las cosas desde valores igualitarios, que no deberían dar paso ni aliento alguno a discursos o prácticas de odio. O no sería más una república.

La xenofobia en la Argentina ha dejado de ser disimulada y cada vez es más expresiva, apoyada en las últimas decisiones del gobierno de criminalizar a las y los migrantes. Ahora que la crisis económica se ha desatado mordaz, los círculos económicos concentrados necesitan un enemigo para dar una explicación social irracional a la vocación de re-acumulación compulsiva y gigantesca de bienes y recursos de esta nación. Y digo irracional porque la acumulación nunca tendrá una explicación, así como no la tiene ningún prejuicio social, basado cada cual en una práctica que por   lógica carece de armado mental. Por lo tanto, es la criminalización del migrante la mejor salida irracional. Gobierno y simpatizantes tratando de explicar el fracaso de unos, la rabia de muchos y la victoria de pocos a través de la xenofobia, el supuesto “miedo” al que no es de aquí.

Todo lo anterior, un grupo de hermanos y hermanas latinoamericanas lo reflexionamos el viernes pasado (31 de abril) en un encuentro convocado por la Central de Trabajadores de Argentina, precisamente, para analizar la política migratoria macrista. Dijimos claro que no somos súbditos o subalternos del gobierno argentino, que tenemos los mismos derechos por voluntad constitucional y reafirmamos el llamado eterno que el preámbulo del texto supremo que norma la institucionalidad de este país nos hace, al decirnos que podemos ser parte y ayudar a construir la felicidad en este país sólo con el mero deseo de querer habitar suelo argentino.

Infelizmente, después de salir de ese encuentro, en plena avenida Corrientes -en el centro de Buenos Aires- un argentino dijo a una de nuestras compañeras: “Volvete a tu país, te voy a violar a vos y a todas”. No bastó con eso, y en medio de los gritos repetitivos del agresor, un grupo de jóvenes argentinos que pasaba entre nosotros, nos dijo: “¡Hay tantos negros exóticos por todos lados!”. Nos sentimos en shock.

Cuesta creer que un país hasta hace poco ejemplar en materia de derechos humanos retroceda a tal punto que su gobierno sea capaz de acompañar y dar lugar a lo peor de los prejuicios mal curados, mal sanados de buena parte de su población. Esto no es un problema de la democracia. Las democracias no convocan al prejuicio o al odio. Es un problema de quienes ocupan los espacios democráticos sin serlo. De quienes ocupan la república para pervertirla, de quienes para justificar la concentración económica y la expoliación desde el Estado implantan un sistema de odio dirigido en contra de los que no son ni serán los receptores y beneficiarios, por ejemplo, del levantamiento de las retenciones, de los pagos a los buitre, de las ganancias mal habidas obtenidas de las empresas mitómanas creadas en Panamá, del perdón concuspicente de deudas familiares y de quién sabe que otras hartas concesiones recientes hechas a la gran empresa. Si los migrantes no son los beneficiarios de estos ingentes beneficios que, de otro modo, deberían llegar al bolsillo de todas y todos los ciudadanos, entonces, el odio de estos argentinos, ¿está dirigido hacia el grupo social correcto?

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